viernes, 21 de abril de 2017

La carrera.



                     Cuando se encontraron por primera vez en la Facultad de Derecho de la ULPGC eran dos perfectos desconocidos. Juan acababa de llegar de Sevilla y Andrés venía de la Aldea. Compartieron cuarto en el pequeño piso de estudiantes donde vivían otros dos chicos más: Julián y Marcos. Julián jamás acabó la carrera. El suicidio de su madre lo sumió en una profunda depresión y fue dejando de asistir a clases hasta que, un día, al volver al piso para cenar, vieron que sus cosas ya no estaban allí. Se había marchado sin despedirse. Marcos se echó novia rica y ambos dejaron la carrera para atender los negocios de la familia de ella. Juan y Andrés, sin embargo, aprobaban año a año, al menos hasta quinto. Ese año a Juan se le atragantó Filosofía del Derecho y Andrés la suspendió intencionadamente. Querían acabar juntos la carrera y, una vez licenciados, encontrar trabajo juntos. Tardaron dos años más en encontrar trabajo. La crisis y el hecho de que le dieras una patada a una farola y cayeran doscientos abogados no facilitó para nada esa labor. Dentro de seis días celebrarán su quinto aniversario en la empresa. Al final lograron el trabajo y ambos están en la misma sede. Juan prepara los pedidos en Telepizza y Andrés los reparte. Allí trabajan con Pedro, un graduado en empresariales que se turna con Andrés en las labores de reparto. Los tres comparten el mismo piso que Juan y Andrés alquilaron cuando, doce años antes, con dieciocho años recién cumpliditos, soñaban con acabar Derecho y trabajar en el mismo despacho.

miércoles, 19 de abril de 2017

La razón.



              Se veían a diario y él soñaba despierto con desnudarla lentamente y acariciar su cuerpo, rozándolo apenas, hasta hacerla gemir y retorcerse de deseo. Se preguntaba a qué sabría su piel, cómo olería su cuello y se desesperaba por saborear su lengua. Ansiaba abandonarse entre sus brazos y sentir sus pechos, rotundos, rozarle erizados el suyo. Pero cada vez que estaba a punto de ceder ante el deseo, la razón le advertía de que muchos sueños acababan en pesadilla. Por eso, a pesar de que cuando se acercaban tanto que sentía el olor de su boca o que notaba el calor de su cuerpo a través de la ropa, el miedo a que todo quedara en otro fracaso, uno más en su vida, hacía que se alejara lo antes posible con cualquier excusa estúpida dejándola con la rabia y la frustración de ser rechazada de nuevo, aunque fuera sutilmente, y quedándose él con la sensación de que, a lo mejor, un poco de locura puede que no fuera tan mala.

domingo, 9 de abril de 2017

El semidiós



             Se sentía genial. Podría volar si quisiera. Nada era capaz de vencerlo, de eso estaba seguro. ¿Dormir? Eso era para los débiles, no para él. Él era fuerte, un líder. Es más, si viviera en la antigua Grecia, sería un semidiós. Nada podía con él, nada, excepto el culo de aquel tráiler al doblar la curva y la combinación de alcohol y medicinas que llevaba dentro. Era inmortal, le dio tiempo a pensar mientras el golpe le reventaba la cabeza contra el cristal del parabrisas y el coche se convertía en un amasijo de chatarra que envolvía su cuerpo roto por decenas de sitios.

viernes, 7 de abril de 2017

Marina y Carlos.

  
                       Se ven cada mañana en el desayuno. Entre el café con leche, el zumo y las tostadas se cuentan cómo han pasado la noche mientras que sus ojos se iluminan con un amor incontenible, adolescente e ilusionado. Mientras pasean por el parquecito cogidos de las mano hablan de sus planes, de sus temores y, escondidos detrás de un roble, se dan un beso casi furtivo después de cada vuelta. Llevan sesenta años casados pero cuando se miran a los ojos, Marina solo ve al joven que la conquistó y Carlos solo puede ver a esa chica tímida de la que se enamoró cuando ninguno de los dos tenía el rostro con arrugas y el corazón destrozado. Solo en esos momentos se olvidan de que ya no viven en su casa sino en esa fea residencia donde los obligan a dormir en pisos diferentes

jueves, 6 de abril de 2017

Don Nicolás.



                Todos sentían lástima de él. ¡Pobre hombre, con lo inteligente que fue! Como si tener alzhéimer fuera quedarse tonto. Él oía y callaba. Ellos pensaban que cuando estaba horas con la mirada perdida en algún punto del infinito, estaba perdido en busca de sus recuerdos. Nada más lejos de la realidad. Nunca estuvo más vivo su pasado, solo que la mente, su maravillosa mente, aquella amiga que parecía que le había traicionado, su único bien y fortuna -como le gustaba decir a veces- había comprendido que no merecía la pena recordarlo todo. ¿Para qué recordar cosas que, aunque a los demás le parecían imprescindibles, a él, ahora, le eran totalmente nimias? No, su mente era sabia, más que él, más que todos. Jamás había sido más feliz que ahora, cuando sentía tan vivamente el recuerdo del contacto de su mano en la de su padre o el olor tan rico de la comida que hacía su madre cada domingo, en medio de una batalla de cacerolas que hacían chup-chup o de la radio donde ambos -su madre y él- escuchaban el sermón de las siete palabras en Semana Santa mientras ella se peleaba con todo para dar de comer a tantos.

martes, 4 de abril de 2017

Adrián y Ana.

                  

                  Empezamos a odiarnos de la manera más simple y natural posible: azotando al otro con el látigo de la indiferencia. Dejó de importarte lo que yo decía, hacía o sentía, y por mi parte, me empezó a dar igual qué tal habías pasado el día, si habías comido o no o si llegabas a una hora u a otra. De hecho, casi prefería que llegaras más tarde; menos tiempo que tenía que soportarte. Luego, los roces incómodos del principio se convirtieron en verdaderas batallas de una guerra que, por necesidad, tú y yo acabaríamos perdiendo. Después empezaron las putaditas: yo gastaba toda el agua caliente justo antes de que te fueras a duchar y tú llegabas con tus amigotes cuando sabías que yo estaba peor vestida o sin maquillar. Una mañana la cosa explotó, y cuando te gritaba porque jamás me ayudabas en casa, te hiciste el machito y, como siempre, empezaste a desmontar las hojas de la ventana del salón para hacer que la ibas a limpiar e irte luego con la excusa de una cita de negocios que habías olvidado, dejándolas a medias para que yo terminara de limpiarlas y las colocara. No era la primera vez que me lo hacías aprovechándote de que tengo un vértigo patológico y que, por tanto, estarían así, apoyadas en la pared del salón, hasta que a tí te diera la gana de colocarlas de nuevo. 
               Me di cuenta de tu jugada cuando vi en tu cara, reflejada en el cristal de la ventana, esa sonrisa estúpida que pones cada vez que tramas una cabronada. Por eso no me viste acercarme ni te esperabas el empujón que te di. Lo primero que oí fue el ruido de los cristales de la ventana al romperse; luego, el ruido sordo de tu cuerpo fofo al reventarse contra la entrada del edificio. Te lo dije, Adrián. Te lo dije cuando aún no éramos enemigos y no nos odiábamos: era un disparate desmontar esa ventana tan pesada en un piso once. Te aventuré que cualquier día te ibas a caer y me dejarías viuda. Sin embargo, jamás te avisé de que puede que te empujase yo. Ahora tengo que calmarme y poner cara de sorpresa y de dolor para cuando venga la policía. Esas aceitunas picantes tuyas me ayudarán. Sí, esas que comprabas a pesar de mi úlcera, fingiendo que lo hacías por despiste y no para putearme. Ya noto cómo la acidez y el dolor me corroen. Qué bien, justo a tiempo: la policía está tocando en la puerta y yo no puedo evitar que las lágrimas por este dolor de estómago que me está matando aneguen mis ojos; ya parezco la perfecta viuda.

martes, 28 de marzo de 2017

El heredero.

               

                    Siempre fue un borracho. Como su viejo. Y puede que como el padre de su viejo, pero a éste jamás lo conoció. Necesitaba más del alcohol que de la comida, del aire o, incluso, de una mujer. Tal vez por eso ninguna duraba mucho a su lado. La vida, sin esa media docena de bricks de vino, era algo doloroso e insoportable. No recordaba un solo día en el que no hubiera bebido. Ni de pequeño. Su viejo, que ojalá se estuviera pudriendo en el fondo del infierno,  en una caldera bien caliente, casi nunca llevaba comida a casa pero siempre se las apañaba para traer algo de beber y para darle, entre trago y trago, una buena paliza. Unas veces traía un vino ácido que le revolvía las tripas apenas lo probaba, otras era algo parecido a un brandy que le quemaba las entrañas al entrar y que, al vomitarlo, se las volvía a quemar al salir. Las palizas, sin embargo, siempre se las dio con aquel viejo cinturón de cuero negro, el mismo  que hoy  sujetaba su pantalón. Nunca tuvo más deseo ni ambición que la de ver reventar a su viejo. Cuando esto ocurrió, una Nochebuena cualquiera, imposible acordarse de en qué año, empezó a celebrarlo por su cuenta. Cuando despertó, en medio de su propio vómito y en un portal abandonado, le dolía tanto todo que tuvo que salir corriendo a comprarse una botella de algo fuerte que aliviara ese dolor. Ahora ya no sabe si sigue bebiendo para celebrar que su viejo reventó de una puñetera vez aquella Nochebuena o para que el dolor de estar sobrio desaparezca, aunque sea por unas horas. Al menos yo no tengo un chaval al que dejar esta puta herencia, se decía a diario mientras brindaba por ello con el peor de los vinos posibles.

             

lunes, 27 de marzo de 2017

Samarkanda.



                        Mañana. Siempre estaba el mañana. Todo lo podíamos dejar para mañana y seguir haciendo planes, absurdos a veces, planes que sabíamos que jamás realizaríamos pero que nos divertía hacer. Siempre para mañana. Y hoy, de golpe, me he quedado sin mañana, amor. Pero no debes entristecerte. En el fondo las cosas seguirán igual: amanecerá a diario, cuando llueva te seguirás mojando porque seguirás perdiendo los paraguas en los sitios más inverosímiles y seguirás olvidándote de cosas que parecen importantes pero que, cuando mañana es hoy, ya no lo son tanto. Seguirás tomándote el café casi frío y podrías alimentarte de sándwiches toda la vida. Hoy, cuando ya no existe en mi vida el adverbio "mañana", me doy cuenta de que jamás te he demostrado lo importante que eres en mi vida. Tal vez porque siempre dejé para mañana ese gesto amable, la caricia espontánea, el "te quiero" a cualquier hora o, simplemente, volver a salir a ver cómo se llena el campo de flores en primavera. Nunca pensé que llegaría tan pronto, pero ya veo las puertas de la Samarkanda del cuento de Farid al-Din Attär. De verdad, no te preocupes. Al fin y al cabo, amor, un desierto no deja de serlo porque le falte un grano de arena.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Naufragios.



                 Él tenía cincuenta años, ella acababa de cumplir los cuarenta. Ambos se enamoraron como adolescentes, con ese amor febril, hermoso y falso. Él necesitaba oír de otros labios que era el gran amante que creía ser, pero sobre todo, necesitaba volver a despertar en otra persona la admiración que su falsa modestia le impedía reconocer que ansiaba recibir. Ella solo buscaba sentirse mujer, deseada y viva, vibrar con el sexo, sentir que su piel volvía a erizarse con la más mínima caricia por leve que esta fuera, volver a ruborizarse con esa mirada profunda, de fuego, que encendía sus entrañas cuando clavaba sus pupilas en las de ella, esa mirada que él tan bien dominaba, o que le salía instintivamente, realmente jamás lo tuvo claro. Los dos eran dos barcos huyendo de una tormenta que se dirigían hacia un iceberg a toda máquina. Era inevitable el naufragio. A veces, en la playa de la memoria, el mar del recuerdo lleva algún tablón medio podrido, algún salvavidas desvaído, alguna libreta con versos de amor jamás entregada. Menos mal que el mar, al subir, a veces vuelve a llevarse lo que antes acercó a la orilla.

sábado, 18 de marzo de 2017

La tortilla de papas.


                          Ojalá fuera Navidad. Ojalá fuera Navidad y sonara el timbre de la puerta y, al abrirla, aparecieran mis hijas. Manolo batía los huevos de la tortilla de papas que iba a hacer. Siempre que estaba triste la hacía. Era el plato preferido de sus hijas. Una tortilla de papas grande, hecha con cariño y con su receta secreta que a todos enamoraba cuando la probaban. ¡Ojalá fuera Navidad, carajo! En la sartén se freían las papas en un aceite aromatizado previamente con ajos y unas puntas de guindillas, solo dos, lo justo para dar un poco de sabor sin que estropeara el plato con el picante. Él, mientras, cortaba el perejil de su propia cosecha muy finito, sin desechar los tallos. Solo los buenos cocineros saben que los tallos del perejil dan un dulzor especial. En la radio, entre entrevista y entrevista, un nuevo anuncio de colonia, ropa, relojes o almohadones lumbares  recordaba continuamente que mañana era el día del padre. ¡Mierda, ya me corté! La sangre se mezclaba con algunos trocitos de perejil. No era propio de él, pero llevaba unos días despistado, como ausente, con la cabeza en otra cosa. El dedo le latía debajo de la tirita. Tal vez sea lo único que me lata todavía, pensaba mientras daba vuelta a la tortilla. La tortilla, por fin, estaba hecha. Grande, redonda, hermosa, humeante, desprendiendo un aroma tan apetitoso que llenaba cada rincón de la casa. Una tortilla para cuatro y un solo servicio en la mesa. ¡Ojala que fuera Navidad! Volvió a pensar Manolo, mientras partía una porción pequeña de la tortilla y, con los ojos algo turbios, se la empezó a comer con el amargo sabor de los recuerdos tristes en la boca mientras miraba el teléfono sabiendo que en cualquier momento sonaría una llamada o un wassup de sus tres niñas con un mensaje de felicitación y que él tendría que disimularlo todo. Hasta el dolor del corte en la punta de su dedo. Ojalá que fuera Navidad...

viernes, 17 de marzo de 2017

Cuerpos y almas.



                     Todos pensaban que era una pose, puro postureo, por usar un término al uso. Quién, en su sano juicio, (pensaba), no estaría aterrorizada ante las tinieblas en las que lenta, pero inexorablemente, se iría sumergiendo su cerebro. Al principio trató de explicar a los amigos que las cosas tenían siempre al menos dos puntos de vista, pero eso solo hacía que la gente se reafirmara en su idea de que, en el fondo, todo era una estrategia para no caer en el miedo y en la depresión. Y un día se rindió. Cómo explicar que, aunque ella no los recordara o no pudiera encontrar en su mente las palabras para describirlos, esos amaneceres tan hermosos, rojos, celestes y dorados, seguirían allí, día tras día, para que otras personas siguieran sintiendo cómo se les encogía el corazón ante tanta belleza. Nadie entendería que puede que ella llegara a olvidarse hasta de su nombre, pero que jamás podría olvidarse de cuánto lo amaba, de que él siempre fue el sentido de su vida. ¿Qué podrían saber los médicos sobre los sentimientos? Ellos serían especialistas en el el cuerpo, pero solo ella conocía su corazón.

lunes, 13 de marzo de 2017

El café.



                      Hoy encontré tu carta en la carpeta de "asuntos pendientes", en medio de las facturas del teléfono, de la luz y del agua, junto a viejos recibos de compras y a decenas de ideas anotadas en cualquier papel y de cualquier manera, a veces tan apresuradamente que ni yo mismo era capaz de entender lo que quise recordar. Pero tu carta no. Tu carta estaba escrita con ese cuidado y esa pasión que ponías en todo lo que hacías, con esa letra tuya, pequeña, redonda y cuidada; letra de colegio de monjas. No recordaba nada de lo que allí me dijiste. Solo fui capaz de recordar la emoción que sentí cuando la leí por primera vez, el cariño mezclado con cierto temor que teñía tu mirada cuando me la diste y el nudo permanente que llevé todo ese día en la garganta. No sé qué coño pasó. Tampoco sé qué hacía la carta -tu carta- mi carta, en medio de facturas y notas inútiles. Hace años que no sé de ti. Me pediste respeto a tu decisión, me pediste espacio, tiempo para saber de ti misma quien eras y qué querías. Y yo te lo di. ¿Qué podría haber hecho? Un padre ha de saber cuándo dar un paso a un lado para no ser ese portero de discoteca que impide el paso a la madurez de sus propios hijos. Años, en los que mi último recuerdo de ti fue el almuerzo en el que me diste esta carta como regalo del día del padre, dos besos en la cara y una lágrima que trataste de aguantar en tus ojos cuando me dijiste adiós dejándome sentado en el restaurante, con un nudo en la garganta, tu carta en la mano y la mirada perdida en el el café, helado ya a esa altura del almuerzo, que parecía ennegrecerse más y más a cada segundo que pasaba.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Usurpadoras.



                  En algún momento me perdí. Dejé de ser yo para ser esa otra que ha usurpado mi vida. En algún momento, hace años, dejé de soñar y empecé a vivir cada día una pesadilla. Ese fue el día en que morí, cuando las decisiones las empezó a tomar esa otra ladrona de vidas con la que vengo cargando tanto tiempo, esa sombra extraña y que, poco a poco, día a día, ha ido cambiando hasta la cara, hasta que hoy, justo hoy, ya no he sido capaz de reconocer en esa imagen que me devolvía el espejo nada de mi yo; de aquel yo que algún día fui. Por eso quiero que usted, señor juez, al leer esta carta que encontrarán junto a mis cosas entienda mis razones y se las explique a quien me quiso con más delicadeza y menos emotividad de la que yo soy capaz hoy. Dígales que yo, mi yo actual, debía desaparecer para que así mi antiguo yo volviese a encontrase conmigo.

lunes, 6 de marzo de 2017

Musas nocturnas.



                 Las primeras veces acudió a los remedios caseros: nada de café después del mediodía, dejar de ver noticiarios, una ducha templada, un vaso de leche caliente antes de irse a la cama. Nada de eso funcionó. Después recurrió a los ansiolíticos e hipnóticos. Tomarlos era como perder el dominio de la mente y sus sueños se llenaban de viejos demonios y malos augurios. Ahora permanece en la cama despierto con los ojos cerrados, escuchando cada ruido de su casa y creando con ellos historias y cuentos. Siempre que le preguntan su secreto para tanta creatividad contesta lo mismo: vida sana y acostarse temprano. Lo de convivir con demonios del pasado que le impiden dormir se lo calla. Ningún mago desvela todos sus trucos.

viernes, 3 de marzo de 2017

El ángel caído.



                    Su padre le decía que reírse era de idiotas, que se fijara en Jesucristo si no lo creía a él. Le retaba continuamente a que encontrara un solo pasaje en la Biblia en el que se recogiera algún momento donde estuviera riendo. Ninguno, afirmaba con rotundidad, no encontraría ninguno. No, reírse era casi un acto de rebeldía ante Dios, como el que tuvo Satanás, el ángel caído. Quien sabe, seguía su razonamiento, si no cayó precisamente por eso, por reírse ante Dios como si fuera un payaso. Sin embargo en la Biblia sí que había muchos pasajes donde se le veía llorar, y esto era así porque el dolor y las lágrimas lavaban las culpas; las propias y las ajenas. Su padre solía recitar este discurso mientras se sacaba el cinto del pantalón; un cinto de cuero marrón, ancho y curtido, con una hebilla de color bronce, que le servía de herramienta eficaz para castigar cualquier travesura que hiciera o, simplemente, cuando consideraba que tenía que hacer de él un hombre respetable y serio para salvar así su alma. Cada día, mientras se pintaba la cara de blanco con una enorme sonrisa roja y se vestía con su traje de mil colores, recordaba ese discurso y la cara furibunda de su padre golpeándole mientras repetía y aseguraba que, algún día, cuando recordara estos momentos, se lo agradecería sin lugar a dudas. Cada cintazo fue para él una motivación más para decidirse a ser payaso y arrancar las risas de los niños apenas aparecía en la pista del circo fingiendo llorar a voz en grito. ¡Y que le dieran a su padre y a ese dios, triste y furibundo, en el que él decía creer mientras le azotaba sin piedad!

sábado, 25 de febrero de 2017

El reloj.



               Él quería un reloj. Lo quería por encima de todo. Un reloj de esos tan elegantes, de los de esfera dorada y una correa de cuero negro y brillante. Quería un reloj, ese reloj, porque para él significaba el paso a un nivel superior. Era como si, poseyendo un reloj, en concreto ese, poseyera un objeto mágico y entrara, al colocarlo en su muñeca, en el club de los que eran dueños de su tiempo. Lo quería y lo obtuvo. Tenía siete años y para su comunión solo pidió un regalo: ese reloj. Al decir verdad, jamás lo usó. Era más bien una especie de talismán que guardaba, como si de un tesoro fuera, en la misma caja que vino. Una caja de terciopelo negro, con letras doradas y un forro de seda púrpura que hacía lucir más aún el reloj de su vida. Por eso, cuando cincuenta años más tarde se acercó a una tienda de empeños para obtener algún dinero con el que poder comer al menos una semana más, sintió que cambiaba a un viejo amigo por veinte monedas de plata. Solo que a él le dieron treinta euros; treinta miserables euros por el sueño de su infancia, por cincuenta años de su vida mirando, que no usando, ese mismo reloj cada día para poder recordar aquel otro en el que, de verdad, sintió que el futuro sería para él como ese reloj: hermoso y brillante. Solo es cuestión de tiempo, se decía cada día. Treinta euros; dos billetes que arrugaba en su mano, estrujándolos con ira. Treinta euros. Serían bastante. Se acercó a un ferretería, compró un rollo de cuerda de cáñamo, compró un billete guagua para el pueblo donde sabía que habían unas hermosas higueras centenarias y el resto del dinero se le dio al primer mendigo que se acercó a pedirle. Solo deseaba que su caja fuera, al menos, tan hermosa como en la que, durante toda su vida, guardó con mimo su reloj.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Pitágoras y el parque.



                  Cuando estudió filosofía leyó que, según Pitágoras, el cuerpo era solo el envoltorio del alma y que la esencia del ser humano era precisamente esta última.  Hoy, cuarenta años más tarde, al mirarse desnudo en el espejo mientras se seca después de la ducha, no puede evitar pensar que, al menos su cuerpo, era simplemente un envoltorio vacío y deshecho, como un viejo edificio que una vez tuvo un aspecto magnificente y estuvo lleno de inquilinos y de vida y hoy era solo eso, una ruina que esperaba, a veces con ansia, la visita del arquitecto que tome la decisión de derruirlo y edificar encima de sus ruinas algo mejor, más bello y más útil. Mientras pasa la toalla por su cuerpo, marcado por la vida y por las batallas que libró en ella, sonríe pensando en que, tal vez, sobre esas ruinas habrá un día un hermoso parque, donde los niños jueguen, los amantes graben en la corteza de sus árboles sus nombres dentro de un corazón y donde, en las noches de luna inmensa y brillante, algún loco se siente, lleno de angustia y dolor, a escribir ese poema que jamás dejará que nadie lea.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Consejeros




                       Cerraba tres veces la puerta de su casa al salir. Caminaba siempre moviendo antes el pie izquierdo y si al llegar a su destino era ese mismo pie el que acaba el camino, daba dos pasitos, como un soldado que pierde el paso, para acabar con el derecho. Jamás mezclaba los alimentos al comer. Primero las verduras rojas, luego las verdes, le seguían las blancas o el arroz y acababa con el bistec. Se lavaba las manos con agua, jabón y un desinfectante cada vez que tocaba algo que viniera de fuera o saludaba a alguien. Su mundo era perfecto dentro de su rutina. Nadie sabía que ese cincuentón, calvo, espigado y maniático insoportable, era en realidad, la dulce Amanda, la coach más leída del país y que, con sus consejos en las revistas de psicología, ayudaba a superar los traumas y las manías de cientos de lectores. Cada noche, cuando leía en su casa las cartas que llegaban a la redacción, lloraba en silencio y recordaba cuando era un simple periodista en paro, feliz y hambriento, que había aceptado ese puesto para pagar la cuenta del casero y que solo tenía una manía: sacar la basura cuando ya desbordaba la bolsa.

lunes, 13 de febrero de 2017

Pablito, amores y desamores.



                      Las historias de amor son sencillas, ocurren sin que nos demos cuenta, es como encender la luz cuando llegas a casa, algo que haces por instinto,  Pablito. Somos nosotros, las personas, las que las complicamos. Mi padre, ese señor enorme que me intimidaba con su sola presencia, calló durante un momento después de hacerme esa reflexión mientras cargaba su pipa. Mi padre fumaba en pipa y siempre que iba a decir algo que  creía importante la encendía con toda la parsimonia del mundo. Era como un ritual para él. Después, entre una nube de humo azulado y oloroso, me dijo: Lo que es difícil, Pablito, es el desamor. Bueno, no el desamor en sí, sino aprender a gestionar sus heridas. No me entiendes, ¿verdad?, -me dijo mientras me revolvía el pelo con sus manos inmensas- es normal. Pero ya verás cómo, cuando esto te ocurra, cuando te enamores de una chica hermosa y te rompan el corazón por primera vez, recordarás mis palabras. Mi padre no era dado a hablar de estas cosas pero mi madre, que estaba escuchando detrás de la puerta, le había insistido en que yo ya era un hombrecito y que debería explicarme lo de las relaciones con las chicas y todo lo que las rodeaba. Aquello era lo más cercano a una charla sobre amor y sexo que mi padre, grande, serio, anticuado y envuelto en ese humo azul que olía tan bien, era capaz de darme. Mientras, yo, en silencio, estrujándome las manos debajo de la mesa, me preguntaba si ese consejo servía solo para cuando una chica te rompía el corazón o también para cuando lo hacía un chico guapísimo, pelirrojo, pecoso y de ojos color miel.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Póker ciego.



                Ambos sabían que jugaban a un juego peligroso, pero los dos hacían como que no se enteraban de lo que estaba pasando. Al principio todo era un simple coqueteo. Coquetear no era pecado, ¿verdad? Además, ¿quién no quiere sentir ese subidón que da el jugar al sí, pero no...? Tranquilo, yo controlo, se decía mientras se miraba al espejo acicalándose más de lo que solía. No pasa nada, es solo un juego, se decía a sí misma mientras miraba al techo de su dormitorio como si de una pantalla gigante de cine se tratara y viera en ella sus pensamientos más secretos. Ambos se equivocaban, pero eso nunca lo sabrían hasta que uno de los dos diera el primer paso y descubriera esa última carta de la mano de póker que, queriéndolo o no, conscientes o no, jugaban desde que se conocieron.

lunes, 6 de febrero de 2017

Certezas.


                         Sé que me van a matar. Ellos no se dan cuenta, pero les escuché cuando tomaron la decisión entre cuchicheos. En realidad escucho casi todo cuanto dicen aunque no lo demuestro. Ese es el problema, que no demuestro nada: ni que les oigo, ni que les entiendo, ni siquiera que sigo siendo el mismo que era antes, aunque ellos no sean capaces de darse cuenta. Me quedan pocas horas y no quiero gastarlas con rencores o temores. Me gustaría decirle a los míos que los quiero y que los entiendo, que no se preocupen, que probablemente yo hubiera tomado la misma decisión en su caso. ¡Maldito infarto y maldito estado de coma...! Solo espero que no se equivoquen al certificar que estoy muerto de la misma manera que se equivocan ahora, al dar la orden de desconectarme porque, según el médico, no siento nada y lo que me mantiene vivo es esta maquinita con su bip, bip tan irritante. ¡Cretino! Diez años de estudios para cagarla así. Morir no me asusta, pero que me entierren vivo y en coma, totalmente indefenso, me aterra tanto que no me extrañaría que me diera otro infarto, y que esta vez sí, fuera el definitivo.

jueves, 2 de febrero de 2017

La huérfana.



                   Cuando le preguntaban de pequeña a quien prefería, si a papá o a mamá, ella nunca dudó. Cómo hacerlo, si el recuerdo que tenía de su padre era el de un señor que nunca se afeitaba, que olía siempre a alcohol, sudor y tabaco, y que el día de su quinto cumpleaños no apareció por su fiesta ni para la típica foto partiendo la tarta con su madre y ella. De hecho, ese día no apareció más por su casa y lo único que supo de él entre ese momento y la noche en la que murió fue alguna postal por Navidad en los años siguientes y un regalo de Reyes que le llegó dos meses después, con el papel que lo envolvía algo desteñido y roto por las esquinas, y la caja ajada y sucia. Por eso, cada vez que oía llorar a su madre, a solas, por la noche, ella enterraba la cabeza en la almohada tratando de no escucharla y pidiéndole a Dios que la mentira que contaba en el cole cuando le preguntaban por su papá se hiciera pronto verdad y ella dejara de ser una niña a la que su padre abandonó para ser una orgullosa y feliz huérfana.

lunes, 23 de enero de 2017

La nana.



                        Miraba a sus dos hijos con una mezcla de miedo, pena y ternura. Estaba convencida de que el mundo se encaminaba a una guerra terrible. Locos en el poder e inútiles tratando de conseguirlo, ese era para ella el panorama en el que tenían que vivir y eso la deprimía cada día más. No podía evitar preguntarse qué podía hacer ella para solucionarlo. El deber de los padres, se decía a diario, era proteger a los hijos de cualquier mal a cualquier precio y en su mente se repetían una vez tras otra las historias que su madre le contaba, cuando ella era una niña, sobre la guerra en los Balcanes. Lo terrible que había sido para todos, para los caídos y para los supervivientes. O cómo había tenido que salir huyendo de su propio país, destrozado y en llamas, rodeada de muertos anónimos que poco antes habían sido sus vecinos o su familia, para poder salvar su vida. No soportaba la idea de que sus hijos pudieran vivir algo así. La leche caliente de esa noche les supo a los gemelos un poco rara, pero el cariño en los ojos de su madre endulzó aquel leve amargor. Fue lo último que los niños recordaron antes de morir. Ella, tranquila, se sentó a velarlos con el sentimiento del deber cumplido: sus hijos no morirían en una guerra terrible ni sufrirían sus consecuencias. Por eso no entendía el revuelo que se había armado cuando su marido llegó del trabajo y los vio acostados, fríos y agarrotados mientras ella, con los ojos cerrados, les cantaba esa última nana.

jueves, 19 de enero de 2017

Caramelos de nata.



                 La última vez que se vieron fue en la alberca del pueblo. Tenía poco más de diez años y estaba de vacaciones en casa de los abuelos. Él le había regalado un caramelo de nata y ella le correspondió con un beso pegajoso en la mejilla. Ese mismo día su padre murió en un accidente de trabajo y una semana más tarde su madre se lo llevó a la ciudad. En los años siguientes se echó novia, se casó, tuvo dos hijas y se divorció, pero jamás volvió al pueblo. De ella solo recordaba su nombre, sus ojos azules, el sonido de su risa, que le gustaban los caramelos de nata y, de vez en cuando, la húmeda sensación de que ese último beso seguía aún, pringoso, en su mejilla. Ella recordaba de él los hoyuelos que se le formaban al sonreír, las canciones que tarareaban juntos, la tibieza de sus manos y el rubor que le dio cuando le besó en la cara el día en el que su padre murió. Ninguno de los dos volvió a comer jamás aquellos caramelos de nata. Ambos seguían soñando con encontrarse algún día y darse un atracón de ellos juntos, cogidos de la mano y sentados en silencio en la piedra de los enamorados, la que estaba junto a la alberca del pueblo donde ella le dio ese beso lleno de amor y azúcar.

martes, 17 de enero de 2017

Cosas que no puedo hacer.


              No puedo correr una maratón; ni creo que pueda nunca. Tampoco viajar al espacio, ¡y eso que siempre parezco estar en las nubes! No puedo ir a los Estados Unidos ni visitar Disneylandia, pero tampoco estoy seguro de  querer hacerlo. No puedo entender las películas de Bergman o los versos de Shakespeare a pesar de haberlo intentado durante toda mi vida. No puedo dejar de sentirme culpable por casi todo. ¿Qué quieren que les digan? Herencia de una familia tradicional católica y de ese código genético semítico que llevo en la sangre. No puedo dejar de enamorarme de todo lo que es hermoso. ¿Pero es que alguien puede? No deja de asombrarme que cuando un hombre parece que alcanza la mayor cota de estupidez posible, otro hombre va  y lo supera. No puedo dejar de sentirme solo. Pero lo cierto es que tampoco me molesta esa sensación. No puedo dejar de soñar, aunque mis sueños sean de a céntimo la docena. No puedo dejar de pensar, y eso que sé que el que no piensa tanto es más feliz, pues ni aún así. No puedo dejar de inventarme otras vidas y luego contar esas historias. Supongo que en fondo todos necesitamos un punto de fuga ante tanta locura.

lunes, 16 de enero de 2017

El Chato y Ruso.



                  En mi barrio no se vive ni bien ni mal; en mi barrio se sobrevive y unos lo hacemos mejor que otros. Allí hay gente a la que no se las conoce por el nombre que sus padres les impusieron sino por los que la vida les fue dando. En mi barrio, (y salvo que vivas en Ciudad Jardín, en el tuyo también) hay alguien al que llaman el Negro, el Chino, el Chato, el Pelúo o el Boliche. El Chato de mi barrio es un hombre mayor, aunque no creo que nadie pueda calcular su edad ni que él mismo la sepa. El pelo descuidado y sucio, la cara resoleada, la ropa tres tallas mayor que la que debiera usar y un cuerpo tan desgarbado, que más que caminar va arrastrando su miseria con él, tampoco ayudan mucho a ello. El Chato y yo no somos amigos; no tenemos nada en común salvo vivir en el mismo barrio. No tiene dónde caerse muerto porque sus únicas propiedades son su persona, la ropa que lleva, sus piojos y el Ruso, su perrillo, un mil leches pulgoso que lo sigue a todas partes y que escucha atento todas sus historias cuando están sentados junto a la tapia del cementerio, el Chato bebiendo para matar el frío o para enterrar a sus fantasmas y el Ruso royendo cualquier hueso maloliente cogido de la basura de algún local de comidas. Hoy me he tropezado con el Chato a la salida del mercado. Estaba sentado donde siempre, a la sombra del edificio, con los ojos rojos y la cabeza entre las manos. Nunca me había fijado en sus manos. Eran grandes y con unas uñas con mugre añeja. Sin embargo, el Chato no contestó mi saludo. En mi barrio todos nos saludamos, seamos de los que sobrevivimos mejor o peor. Esa regla siempre se cumple y el Chato, además, era un relaciones públicas profesional; de eso conseguía el vino que le servía para tener siempre el alma algodonada y los sentidos entumecidos.  Cuando me iba me soltó como quien dice algo que le ahogaba que el Ruso se le había muerto. No levantó la cabeza para decirlo, apenas si alzó algo la voz; lo justo para ser audible. Me quedé parado sin saber qué hacer o decirle. Cómo se consuela a un hombre tan castigado por la suerte que solo olvidaba su existencia cuando se miraba en los ojos de un perro tan apaleado por la vida como él mismo.

viernes, 13 de enero de 2017

El conserje y la camarera.



                Lleva treinta y dos años en ese trabajo, pero la mayoría de los que pasan por delante de él no sabrían decir el color de su pelo o si lleva gafas o no. Para ellos solo es Rodríguez, el conserje. Y aun eso lo saben porque lo leen en la plaquita que lleva en el pecho. Se ha pasado la vida buscando a alguien que se pare a hablar con él un minuto al día aunque sea para hablar del tiempo. Penélope lleva veinte años sirviéndole el café y Rodríguez ni siquiera sabe su nombre ni se da cuenta de si está más gruesa o se ha cambiado el peinado. Para él es solo la camarera que le sirve un poco más de café o le pone la porción mayor de la tarta de queso. Jamás la reconocería en la guagua o en la cola de un supermercado a pesar de que ella le sirva ese café extra o le ponga más tarta de lo normal buscando que él levante los ojos del plato y le mire a la cara para poder sonreírle y decirle, por ejemplo, que hoy está haciendo más frío que ayer o que en este puente la lluvia iba a fastidiar a la gente. La vida está llena de camareras y conserjes anónimos que se buscan a ciegas sin encontrarse jamás.

jueves, 12 de enero de 2017

La lógica absurda de la felicidad.


                   Mi abuelo, Ben Al-Munir, era un pastor de camellos cuando los ingleses mandaban en mi tierra. Era un hombre rico. Tenía más de 70 camellos. Vivía en una cabaña de barro, grande, fresca en las horas de calor, cálida cuando hacía frío. Mi abuelo, Ben Al-Munir, era feliz. Tenía una gran familia: tres mujeres, 20 hijos, 74 nietos. Yo soy su nieto número 60. Mi padre, Kaled Ben Al-Munir, tenía tres barcas y se dedicaba a la pesca y a la búsqueda de perlas. En casa siempre tuvimos comida suficiente, pescado fresco, carne y leche de camella, dátiles, higos, y los niños, golosinas de trigo hervido y miel de palma. Todos éramos felices. Mi abuelo, Ben Al-Munir, murió tres años después de la proclamación de la independencia y de que nos convirtiéramos en el Emirato de Abu Dabi y de que el petróleo que guarda nuestro desierto nos cambiara la vida a todos. Hoy tengo en mis rodillas a mi primer hijo, Nahir Omar Ben Al-Munir. Él no será pescador ni camellero. Yo tampoco lo he sido. Compro oro, electrónica, y objetos de arte por todo el mundo y los distribuyo por los emiratos. Tengo una mujer y dos hijos y vivimos en una mansión rodeada de jardines, con una piscina enorme, a 100 metros de donde mi abuelo, Ben Al-Munir, criaba camellos y a poco más de un kilómetro de donde mi padre, Kaled ben Al-Munir, pescaba. Tengo cinco coches y en casa nos atienden media docena de empleados atentos a cualquier deseo mío, de mi mujer Saima o de mis hijos. Pero en noches como esta, cuando miro al cielo y veo las mismas estrellas que veían mi abuelo y mi padre, en mi corazón, en vez de esa alegría que les hacía cantar para nosotros los pequeños y bailar a nuestras madres y hermanas, siento un vacío tan grande que ni la mansión, ni los cinco coches, el jardín, la piscina o los seis sirvientes pueden llenar. Por eso, mi hijo, Nahir Omar Ben Al-Munir, jamás recordará haberme oído cantar riendo y batiendo palmas o a su madre bailando al son de nuestra música, con los pies descalzos, en la arena del desierto que vio nacer a mi clan. Será rico, tendrá estudios,  pero jamás sabrá disfrutar de esas cosas que no cotizan en bolsa, que no puedo comprar o vender, que no va a aprender en la universidad inglesa o americana a la que lo mandaré, y que hacían tan feliz a su abuelo o a su bisabuelo y que yo, su padre, añoro cuando miro al cielo estrellado o veo como Alá usa el viento para escribir su poesía en la arena del desierto.

miércoles, 11 de enero de 2017

El todoterreno.



                          Nadie debía saber la verdad. Esa frase, repetida hasta la saciedad por Lola, sonaba una y otra vez en mi cabeza. Nadie, ¿me oyes?, nadie. Pero qué diablos pasaría si, al final, esto se hiciera público, si trascendiera lo que hemos hecho. No dejaba de preguntármelo pero Lola insistía: sería nuestro final, ¿comprendes?, nuestro final. Es verdad que Lola es bastante tremendista y normalmente no le hubiera hecho mucho caso, pero algo me decía que, esta vez, tenía razón. ¿Cómo íbamos a permitir que esto fuera de aquí para allí en boca de nuestros vecinos y amigos? Seríamos los apestados, el hazmerreír de todos. No, es mejor lo que Lola ha ideado. Total, al fin y al cabo, después de este viernes, jamás nos volveremos a ver con ellos. Mejor que nadie se entere de nada. Y cuando lo sepan, si llegan a saberlo, ya no estaremos ni en la isla. Porque, a ver, qué ganaríamos con hacer público que como nadie nos financiaba el todoterreno con el que Lola se había encaprichado acudimos a un prestamista, que nunca pudimos hacer frente a la hipoteca que nos hizo sobre el piso por el dinero que nos dejó, más un montón de intereses que, según dijo, era como si se lo hubiéramos pagado por adelantado el primer año, y que, como pasado ese año no teníamos esa cantidad, antes de que lo subastara, se lo vendimos por 18.000 euros en efectivo. Con ese dinero podemos empezar una nueva vida en otro lado y nadie tiene por qué dudar que lo vendimos por 180.000.- euros. Total, un cero más o menos... ¡Ay, Lola, qué sería de mí sin ti!

martes, 10 de enero de 2017

El viejo camino.



                       Llovía tanto que parecía que, al fin, Dios había escuchado mis ruegos y había mandado un nuevo diluvio universal para limpiar el mundo de tanta mentira, de tanta hipocresía y basura. O tal vez lo había mandado para limpiar mis pecados, esos pecados que me llevan persiguiendo desde hace tantos años y que cada día que pasa me hundían más en la tristeza y el remordimiento. Subí el volumen de la radio del coche; no quería pensar más. Solo quería concentrarme en esa lluvia que caía tan fuerte que los limpiaparabrisas del coche no daban avío para quitarla. El parabrisas de mi coche parecía una pantalla de cine donde mi vida pasaba como una película en blanco y negro al ritmo de la lluvia. En mi vida había visto a un villano tan despreciable como lo era yo en esa película. Cómo odiaba a ese tipejo sin alma ni corazón, sin escrúpulos de ningún tipo, preocupado solo porque cada día que pasase su poder aumentara a costa de quien sea o de lo que sea. Los débiles eran la madera precisa para que ese tren no parara. La lluvia arreciaba con ganas. La carretera era apenas una sombra entre otras sombras. Me daba igual. La conocía de memoria. De hecho podría recorrerla con los ojos cerrados. Lo único que no reconocía era aquella voz que decía algo sobre un coche que había ido a demasiada velocidad por esa carretera sin luz a pesar de la lluvia y que se había salido en una curva para estrellarse contra un árbol. Esa voz... Debía ser algún locutor en la radio. En realidad no me importaba. Estaba demasiado cansado y, a pesar de que ya no oía la lluvia, prefería seguir así, con los ojos cerrados y aferrado al volante de mi coche.