martes, 19 de diciembre de 2017

Nochebuena, parte III y última.


            《La virgen se está peinando entre cortina y cortina. Los cabellos son de oro, el peine de plata fina》.
          ¿Qué coño era aquello? Traté de levantarme del sillón que me hacía de cama, pero la habitación se empeñó en ponerse a bailar al son de aquel villancico.
             《¡Pero mira cómo beben los peces en el río.  Pero mira cómo beben por ver a Dios nacido!》.
               Reuní las fuerzas necesarias para levantarme y abrí la puerta de un tirón dispuesto a comerme, con ropa y todo, a quien estuviera cantando cuando a mí se me reventaba la cabeza. Sí, hasta el mejor whisky de malta de doce años deja ese efecto en mí cuando empiezo y acabo una botella en la misma noche. Pero al abrir la puerta toda mi ira se esfumó. Lástima que mi jaqueca no. Al fondo del pasillo una niña de no más de nueve o diez años decoraba un abeto con decenas de bolas de colores y algunas tiras de espumillón brillante mientras cantaba el villancico. 
           《La virgen está lavando y en el romero tendiendo, los angelitos cantando, y el romero floreciendo...》.
              De repente se le escapó un de las bolas de entre las manos y llegó rodando hasta mí. La niña llegó corriendo y la recogió antes incluso de que yo pudiera fijar la vista en la puñetera bola. ¡Perdone, señor! Menos mal que no se rompió, ¿verdad? Supongo que tuve que contestar algo porque la niña me sonrió y volvió a marcharse corriendo a decorar el árbol.  
             《La virgen va caminando, va caminado solita. No lleva más compañía que el niño de la manita》.
               Reconozco que me pilló por sorpresa. ¿Quién era esa cría? Desde luego no vivía en el piso. Allí solo vivíamos los que ya no teníamos ni esperanza ni alegría,  y esa niña desbordaba ambas cosas. De repente se dio la vuelta y se quedó un rato mirándome, como calibrándome. Por fin sonrió y me hizo señas para que me acercara. ¡Que me maten si sé por qué fui! Señor, ¿sería tan amable de poner la estrella en la punta del árbol? Es que no llego y me han prohibido subirme a las sillas. Miré mis manos y en ellas una estrella dorada brillaba como si fuera de oro de verdad. La niña me miraba sonriendo, como si estuviera segura de que iba a ponerla en lo alto del abeto y no a pegarle cuatro gritos. Bueno, cuanto antes terminara con aquello, mejor, así que coloqué la estrella en su sitio. La niña empezó a aplaudir como una loca, gritando vivas y dando bravos como si el hecho de poner esa estrella en lo alto del abeto fuese una proeza titánica. En realidad lo fue para mí, pero eso no tenía ella manera de saberlo. Dejó de aplaudir y me dio la mano. Era una mano pequeña, blanca, tibia. Una mano como la de Laura. Solo que esta niña reía y cantaba y Laura, mi Laura, nunca pudo hacer ni una cosa ni la otra. Y así  permanecimos los dos, cogidos de la mano, mirando al abeto decorado, yo entre un velo de lágrimas, ella sonriendo como nunca he visto a nadie hacerlo.
         ¿Sabes que esta noche es Nochebuena? Me preguntó pasando del usted al tú con la naturalidad con la que lo hacen los niños. Asentí sin fuerzas ni ganas para hablar. ¿Vendrás  esta noche a la cena, verdad? Volví a asentir sin saber bien por qué, y me fui hacia mi habitación. A medio camino me di la vuelta y le pregunté su nombre. Isabel, me llamo Isabel. ¿Y tú? Paco, contesté tratando que mi voz se oyera más que el tronar de mis latidos. Me llamo Paco.  La niña volvió a sonreír como si mi nombre fuera lo más maravilloso que nadie le pudiera decir. ¡Hasta la noche, Paco! Le hice un gesto con la mano.  Tratar de hablar hubiera sido una gesta fuera de mi alcance.  Cerré la puerta de mi cuarto mientras Isabel seguía  cantando.
            《Pero mira cómo beben los peces en el rio, pero mira cómo beben por ver a Dios nacido. Beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río por ver a Dios nacer》.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Nochebuena, parte II.


                Estaba llenando el cuarto vaso -¿o era el quinto?- cuando pasaron la nota de cada viernes por debajo de la puerta. No me agaché a cogerla. Me sabía el texto de memoria: 《Mañana a las doce se deberá abonar, sin falta ni excusa, el importe del arrendamiento de su habitación.》¡Cómo si alguna vez hubiera dejado de hacerlo! Mientras me terminaba el vaso me di cuenta de que esta vez, junto con el aviso de cobro, venía otro papel. Lo recogí y todas mis articulaciones se quejaron al agacharme para hacerlo. Bueno, ¡qué más daba!, tres whiskys más y todo mejoraría. Hasta el mundo dejaría de parecerme tan asqueroso como me parecía a diario.  En la otra nota, la propietaria del piso invitaba a todos sus realquilados a cenar el 24. ¡Lo que me faltaba, joder, una cena de Nochebuena rodeado de desconocidos tan patéticos como yo! La botella se acabó sin que me diera cuenta. Es lo mejor que tiene el whisky de malta de calidad, que jamás te sienta mal. Lo peor era lo rápido que se acababa. Y encima, la patrona, empeñada en hacer su buena obra del año preparando una cena de Nochebuena para la media docena de fracasados que ocupábamos sus habitaciones. Tenía razón el refrán: si algo puede empeorar, empeorará. Me tumbé de nuevo en el sillón. Sus muelles crujieron casi tanto como mi espalda. ¡Cenar en Nochebuena! Vaya gilipollez. Esa cena era para los que aún tenían esperanzas. No conozco a mis "vecinos" de piso, pero si sus vidas eran tan desastrosas como la mía, estaba convencido de que la patrona se sentaría ella sola ante una mesa llena de platos. ¡Una cena de Nochebuena para nosotros, el batallón de los desgraciados! Qué idea más idiota. El whisky hizo su efecto y mis ojos se cerraron mientras repetía una y otra vez lo estúpido que me parecía aquello.
(Continúa).

sábado, 16 de diciembre de 2017

Nochebuena, I parte.


                 El calendario que cuelga de la pared y que tapa el desconchón del enyesado marca el 23 de diciembre. Falta 1 día para la Nochebuena. Tumbado en el sillón en el que llevo durmiendo los seis últimos meses, reviso de una ojeada la habitación. Además del sillón y del puñetero almanaque, poco más había que ver en esta habitación en la que vivía como realquilado. Una mesa que tenía que calzar con el catálogo de un supermercado cercano, dos sillas desparejadas, un armarito de una puerta donde guardaba mi ropa y una de esas teles pequeñas, diminutas casi, las que usan los vigilantes de seguridad en las guardias nocturnas de los edificios oficiales y en las garitas de los polígonos industriales. Nada más. 
         Volví a mirar el calendario. 23 de diciembre, sábado. Efectivamente, si dios o algún desastre natural no lo impedía, dentro de veinticuatro horas sería Nochebuena. Encendí un nuevo pitillo. Pensé que, tal vez si miraba el almanaque a través del humo espeso (y maloliente hasta para mí) de la asquerosa marca barata que fumaba ahora, las cosas cambiarían y, no sé, tal vez pusiera cinco de mayo, dos de febrero, o tres de abril. Cualquier otro día, pero no; seguía siendo 23 de diciembre, víspera de Nochebuena. Suspiré y me di la vuelta en el sillón. Ahora sí, ¡por fin!, ahora lo único que podía ver era el tapizado desgastado y algo sobado del sofá. La última Nochebuena de la que tenía un recuerdo agradable había sido hacía muchos años. ¿Doce, catorce, tal vez quince...? No lo recordaba bien y lo que menos me apetecía en estos momentos era ponerme a hacer cuentas ahora. Además, ¿para qué? ¿Para hurgar en una puñetera herida que nunca en la vida se cerraría? No. Desde luego que no. 
              Me levanté, abrí el ropero y rebusqué en el fondo de la maleta que tenía allí. No tardé en encontrarla. Saqué una botella de un buen whisky. Podía soportar ese sillón cochambroso como cama, comer cualquier cosa e incluso fumar esta mierda que estoy fumando, pero con el whisky no transijo: o era un malta y, al menos de 12 años, o prefería beber agua. La botella estaba a estrenar. Así que mañana era Nochebuena, ¿no?, pues nada, habría que empezar a celebrarlo, me dije mientras la abría y buscaba un vaso que no estuviera demasiado sucio. Lo encontré en el mismo armarito, entre una pila de libros que no podía recordar si ya había leído o estaban pendientes de serlo, aunque apostaría mi vida a que no en un futuro muy cercano. Ni siquiera en uno medianamente lejano. Abrí la botella y el primer trago entró como siempre, como si fuera un trago de fuego líquido que me quemaba por dentro. Pero eso solo fue el primer trago. El resto entró como agua fresca en un día de verano bajo el sol. Esta es mi condena, me dije al mirar a trasluz el vaso vacío. Luego me encogí de hombros y volví  a llenarlo.
(Continúa).

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Amor de hijo.


                Recuerdo que cuando me bajé del barco una mezcla de olores llenó mis pulmones. Olía a salitre seco, a pescado salado, a fruta fresca embalada para embarcar hacia otros países y al sudor agrio de los estibadores con los que me iba cruzando. Aquello fue demasiado para mí. No pude contener más las arcadas y acabé vomitándole a mi padre en sus zapatos nuevos. Acababa de cumplir ocho años y regresaba a la isla que me vio nacer y de la que salí apenas con quince días de vida. Mi padre se enojó. Aquellos eran sus mejores zapatos. De hecho, eran sus únicos zapatos como tales. Normalmente calzaba unas alpargatas con las que solía ponerme el culo rojo cuando hacía algo que no estuviera bien según su propio y peculiar código de conducta para niños. La verdad es que agradecí que en esos momentos las alpargatas estuvieran en el fondo del macuto que cargaba en su hombro. Sin embargo no pude esquivar el capón que me dio en lo alto de la cabeza y que, al ir rapado, me dio de lleno. Cuando le expliqué, a modo de disculpa, que había sido la mezcla de esos olores tan fuertes después de quince días de vaivén en un barco que crujía más que mis dientes, apretados al máximo para aguantar como un hombre, como quería mi padre, este me contestó que aquel era el olor de mi tierra y que más valía que me acostumbrara rapidito porque no iba a permitir que estuviera vomitando continuamente,  como si fuera una damisela preñada. Ese era mi padre. Un hombretón rudo y malcarado que me llevaba cuarenta años. 
                Cuarenta años. Los mismos que cumplo hoy. Solo que hoy mi padre no es ese hombretón rudo que me molía a cintazos cuando me "salía del tiesto" o le daba alguna respuesta insolente; insolente según él, claro. El mismo que me mandaba casi todas las noches a la cama sin cenar porque había hecho algo que no le gustaba o porque no había hecho algo que le gustaba. Y esas noches en las que no podía cenar porque estaba castigado era cuando a él se le apetecía comerse un par de huevos fritos. Eran las noches en las que el sonido y el olor del aceite churruscando los bordes de la clara entraban sin que nada lo impidiera en mi habitación,  haciendo que mi boca salivara y que mi estómago me doliera más aún.  Sí, ese era mi padre. El mismo que ahora, con setenta y dos años, está en esta cama de hospital, inconsciente, comido por el cáncer, quedándose quedamente por el dolor, más gris que pálido, empapado en un sudor frío y pegajoso, esperando que la muerte lo libere de esta agonía.  
Me viré hacia la doctora que me miraba esperando una respuesta y le dije que no, que no podía desconectarlo de las máquinas que lo mantenían vivo a pesar del sufrimiento que padecía porque mi padre era muy estricto en sus convicciones, que era un católico fanático y que estaba absolutamente en contra de la eutanasia activa o pasiva, así que no, que lo siguieran manteniendo vivo hasta que dios quisiera acabar con su estancia en este mundo. Le comenté que me tenía que ir por motivos laborales pero que cuando el desenlace ocurriera que me localizarían fácilmente en el número de móvil. Antes de irme me acerqué a mi padre y con mis labios pegados a su oreja le dije que esperaba que durara mucho,  al menos lo suficiente para que pagara todo lo que me había hecho pasar. Sé que me oyó porque sus manos estrujaron las sábanas ya arrugadas. ¡Mejor!
         Cuando salí de su habitación volví a reafirmarme en mi decisión de no tener hijos. Estoy seguro de que para personas como mi padre o yo es mejor que este tipo de decisiones las tome un extraño capaz de sentir alguna compasión y no un familiar lleno de rencor acumulado durante toda una vida.

lunes, 11 de diciembre de 2017

La llamada de las tres. Última parte

              

                ¡Alicia! Qué nombre más bonito. Yo quise llamar así a mi hija, ¿sabes, niña? Pero no pude. Tradición de familia, ¿sabes?, tuve que llamarla Loreto. Sí, tienes razón. Loreto también es un nombre bonito. ¿Mi hija? Veinte años hace que no sé de ella. De repente, el auricular quedó mudo treinta segundos. Mi hija emigró  y le perdí el rastro con el tiempo y sus continuos cambios de domicilio. Pero no dejo de pensar ni un día en mi hijita.  ¡Así que eso es lo que decía el viejo para justificar su ausencia! Miró el reloj que colgaba en la pared de enfrente.  Aún faltaba un rato hasta que Anastasio -llámame Tassio-, su supervisor, volviera de comer.  Ella, ahora mismo, no podría tragar ni un bocado. Una mezcla de sentimientos se revolvían en su interior.  Su padre seguía  hablando, contando anécdotas sobre todo; sobre su trabajo de joven, sobre su mujer, sobre ella misma, pero Loreto solo escuchaba parcialmente respondiendo con monosílabos y con algún ¡claro!, entre ellos. De repente, tomó una decisión.  Tassio estaba a punto de llegar y ella ya no podía seguir con la conversación, no solo por la vuelta de su supervisor sino porque, una vez pasada la emoción del momento, volvió a ser esa mujer racional en la que se había convertido en estos veinte últimos años. Bastante lejos de la adolescente que salió huyendo de su casa. Don Juan, perdón,  Juanito, si es que es la costumbre. Juanito, mire, esta conversación me ha encantado tanto que me gustaría conocerlo en persona, y más  cuando me dice usted que está tan solo. En breve es mi cumpleaños y me gustaría visitarlo. ¿Yo? Yo tengo veinte años, mintió sin que le temblara la voz. Bueno, no los he cumplido. Lo haré en unos días. ¡Qué buena idea! Claro que lo celebraremos juntos. Perfecto, sí, he anotado la dirección.  No era la misma. Su padre también se había mudado a la capital. Tassio estaba ya entrando. Tenía que cortar. Juanito, mire,  en estos días me paso acompañada por unos amigos y salimos a dar una vuelta. ¿Le parece? Gracias. ¡Hasta pronto! 
                         Tassio estaba entretenido viendo un parte de incidencias así  que aprovechó para hacer otra llamada. ¿Policía? Sí, quiero denunciar una violación reiterada. A mí; yo soy a la que han violado. Desde los doce años hasta los diecinueve que logré huir de mi violador. Claro que sé su nombre y dirección,  apunte: Juan Martín,  vive en la calle Gladiolo verde n°3, bajo. Sí,  no se preocupe, pasaré  por comisaria a ratificar todo esto y a dar todas las explicaciones que precisen. Tassio estaba a tres pasos. Tenía que cortar ya. Gracias. Pasaré en dos horas. ¿Cómo, Anastasio? ¡Ay, perdón: Tassio! No, ningún problema. Picando piedra en la mina, como dices siempre. Pero mira, creo que esta vez estoy muy cerca de encontrar esa veta que pondrá en marcha todo. Eso, si no la he encontrado ya. Gracias, yo también me alegro, jefe. Por cierto, ¿podría salir hoy un poco antes?, es que... en fin, una de esas inoportunas jaquecas. Claro, Tassio, no te preocupes; mañana recupero ese tiempo. ¿Cómo? ¿Más  feliz? Es que acabo de recordar que pronto es mi cumpleaños, mintió de nuevo sin sentirse culpable por primera vez en el último mes que llevaba allí.

viernes, 8 de diciembre de 2017

La llamada de las tres. Parte II.


                ¿Oiga? La voz de su padre, más suave y menos firme de lo que recordaba la volvió de golpe a la realidad. Disculpe, sr. Martín. ¿Le llamo en mal momento? Si Anastasio -llámame Tassio-, su supervisor, la oyera, la despediría en ese mismo momento. Eso era lo opuesto a lo que estaba en el manual del comercial, la Sagrada Biblia de esta empresa, y que todo empleado tenía que saberse de memoria. Afortunadamente eran las tres, la hora del almuerzo de Tassio, y aunque las llamadas se grababan, no recordaba que nunca, nadie, las escuchara y al mes se borraban. Mi niña, ¡cómo me va a molestar una chica tan simpática! Claro que sé que eres simpática; y guapa también. Alguien que tiene una voz tan hermosa no puede ser de otra manera. Pero no me llames sr. Martín, mi niña, llámame Juan a secas. O mejor aún,  Juanito. Así me llaman todos. O bueno, me llamaban, ¿sabes, mi niña? Ya nadie me llama y yo hace tiempo que no salgo. La diabetes, cariño, me dejó sin piernas. De hecho, estaba pensando darle de baja al teléfono, ¿para qué lo necesito si nadie me llama?, y mira por dónde, va y me llama una chica tan dulce y buena como tú. ¿Oye, te pasa algo, preciosa? No me has dicho aún  tu nombre. Su nombre, su nombre... Durante un instante estuvo a punto de decirle su verdadero nombre, pero era su padre, estaba mayor, puede que enfermo, pero no era estúpido. Nunca lo fue, así que decidió decirle cualquier otro nombre. Alicia, le dijo, me llamo Alicia.
(Continúa)

jueves, 7 de diciembre de 2017

La llamada de las tres. Parte I.

           

                  ¡Otro que colgará apenas empiece a hablar con él! Sin embargo, a pesar de estar segura de que la dejarían de nuevo con la palabra en la boca o, peor aún, que volvería a escuchar algún insulto sobre su familia más  directa, continuó marcando el número que  seguía en aquella lista que parecía no disminuir jamás. Este trabajo es sencillo pero exige constancia, le dijeron el primer día, apenas un mes atrás, aunque a ella le parecía que llevaba años marcando números de desconocidos. Es como picar piedra en una mina, aseguraba Anastasio -llámame Tassio- su supervisor. Hay que picar sin desanimarse hasta encontrar la veta, y entonces verás cómo todo es más fácil. ¡Y una mierda más fácil, pensó suspirando mientras terminaba de marcar la ultima cifra de aquel numero de móvil. 
          La voz que contestó le resultó  ligeramente conocida, pero fue al presentarse y preguntarle su nombre, Juan Martín, para servirla, señorita, cuando notó que se mareaba. ¡Veinte años sin saber de su padre, sin oír su voz, sin apenas pensar en él,  y ahora lo tenía al otro lado del teléfono! Por un momento estuvo tentada a ser ella, esta vez, quien colgara. Pero no lo hizo. ¡Su padre! A veces, cuando estaba de bajona, pensaba en él, en si aún seguiría vivo allá, en el pueblo que vio nacer y morir a su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo, donde nació su padre y donde, estaba absolutamente segura de ello, moriría algún día si no había muerto ya. Pero no. Aquel era su padre y seguía vivo.
(Continúa).

lunes, 4 de diciembre de 2017

El viernes.


                      Todos los viernes está sentado en el escalón de la entrada esperando a que abra. Lleva años así.  Pues no, amigo, no sabría decirle cuántos, pero muchos, seguro. Y luego el mismo ritual: se sienta en el pretil que rodea la lápida, la limpia con el mayor esmero y luego se sienta a hablar con el difunto, a leerle los artículos más interesantes de la prensa e incluso, en Navidad, se trae una cestita de picnic y come con él. Más de una vez me he acercado con el disimulo de quitar las hojas muertas que se caen de las tumbas cercanas para evitar que la gente resbale y se caiga. Es la ventaja de ser el cuidador del cementerio. Entonces se calla, baja la cabeza, y espera pacientemente a que yo me aleje. Ahí está lo mejor de esto, amigo, ahí estará el quid de su artículo, en el nombre del difunto. No crea. A mí también me picó la curiosidad, pero tardé bastante en saber la verdad, y para ello tuve que preguntarle al de la funeraria un día que hubo dos entierros y estuvo un rato esperando al segundo. Agárrese que la cosa tiene miga. ¡La tumba está vacía y el nombre que está grabado en la lápida es el suyo! Como se lo estoy diciendo. Luego me fui enterando de la historia completa. Al parecer, cuando se divorció de su mujer, todo el mundo dejó de hablarle. Sus hijos le repudiaron y hasta sus hermanas dejaron de dirigirle la palabra. El pobre hombre...¿Cómo? Oiga, no, no sé qué hizo ni qué  dejó de hacer. Solo sé que ese pobre infeliz me inspira piedad. Bueno, ¿sigo o no sigo con la historia? Que a mí me da igual que usted tenga o no ese artículo con el que lleva tiempo volviéndome loco. Pues eso, que sigo. Como le decía, el pobre hombre se deprimió tanto que tuvo que ir al psiquiatra y este le aconsejó que si se sentía muerto que enterrara su anterior vida y con ella su yo de hasta ese mismo día. Y él siguió al pie de la letra el consejo. Compró una tumba, encargó una lápida, y como le digo, que cada viernes está  esperando a que yo abra el cementerio para contarle a su yo muerto todo lo que le pasa a su yo vivo.  ¿Loco? Pues puede que usted tenga razón y al pobre le falte algún tornillo, pero a mí me trata con más educación y amabilidad que muchos de los otros cuerdos que vienen de vez en cuando por aquí. Y otra cosa le digo amigo, que ojalá a mí, mi familia me trate con el cariño y respeto que él trata a su difunto. ¡Y qué si dentro de la tumba no hay nadie, carajo! Él  rinde tributo a quien fue y que, al morir, aunque sea de manera virtual, dio paso y vida a quién es ahora. ¿Eso es de locos? Sí, claro que puede usted publicar mi opinión citándome y hasta usar mi foto para el artículo. No es usted el primero que me mira como si estuviera chalado cuando se la cuento, así que lo comprendo. Y ahora perdóneme, pero tengo más cosas que hacer que perder la mañana con un periodista listillo que se cree por encima de los que entrevista porque viene de la ciudad y esto es un pueblo pequeño del interior.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El paciente.


                        Los médicos no paraban de decírmelo: Ramón, cuídate, mira que toda tu familia ha muerto por problemas cardíacos, no te dejes ir. Y yo no me dejaba ir. Dejé, eso sí,  de comer carnes rojas, fritos, salado, grasas... Empecé a hacer deporte. Primero apenas eran pequeños paseos a paso vivo por el barrio.  Después empecé a correr distancias cortas.  Bueno, correr, más bien era un trote borreguero,  es verdad, pero al menos era algo, ¿no? Pero los médicos insistían: Ramón,  hay que cuidarse,  hombre, que ese corazón cualquier día nos da un susto. Recuerde cómo murieron sus padres o sus tíos, de infarto, ¿no? Venga, a cuidarse, hombre.  Y yo ya no sabía qué hacer. El tabaco lo había dejado hacia años y el poco alcohol que me permitía tomar era una caña algún fin de semana de verano o una copa de tinto -y solo una- en alguna fecha muy señalada y siempre en el almuerzo o en la cena. Del whisky o del ron ya no recordaba ni el sabor; ni creo que hoy en día pudiera tomarme una copa de ellos sin sentir arcadas. Pero ellos, los médicos, seguían con su cantinela: Cuídese, Ramón, cuídese. Hoy encontré la solución definitiva. Estoy seguro de que a partir de ahora nunca más volveré a escuchar esa cantinela . Hoy leí en una publicación sobre las cosas en las que nadie cae pero que son responsables, en silencio, en la sombra, una buena parte de los infartos que acaban en la muerte del paciente,  y entre ellas estaban las caries mal cuidadas. Vi la luz. ¡A eso se referían sin duda los médicos cuando insistían tan cansinamente con lo de cuidarme! Pues bien, ya nunca más me lo podrán decir, pensé sonriendo mientras miraba el tarro con todos los dientes que me acababa de arrancar con el alicate rojo. Elegí ese porque pensé que así la sangre se notaria menos. Me equivoqué. Había mucha sangre; sangre por todos los lados y me dolía terriblemente la boca. Traté de mantener la sonrisa pese a que los labios, hinchados, casi la convertía en una mueca tétrica,  pero quería que los médicos que venían en la ambulancia supieran que me había costado pero que al fin los había entendido. Ya nunca más me tendría que preocupar por morir de infarto. Seré el primero de la familia en hacerlo desangrado. Pero eso no se hereda. En realidad,  pensé mientras me desvanecía para siempre, acabo de romper la maldición de la familia y mis herederos ya no tendrán que oír eso de: recuerde, todos sus familiares han muerto de infarto.  Solo pude decir eso: yo no, a los médicos que se bajaron corriendo. Yo no. Espero que ellos no tarden tanto como yo en entender el mensaje.

lunes, 23 de octubre de 2017

El Corte.



            A mi grito de "¡siguiente!", entraste. No sé si no me reconociste -treinta años dan para mucho y cambia el aspecto de cualquiera- o bien optaste por hacerte el loco. Te observé de un solo vistazo y me dolió el alma. Allí estabas tú, con un Rolex made in China destellando en tu muñeca, vistiendo un traje gris que me dio la impresión de que era donado o prestado, vaya usted a saber por quién; con unos zapatos que, evidentemente, eran más pequeños del número que gastas y una camisa dos tallas más grande de la que necesitas y en la que llevabas anudada impecablemente, eso sí -siempre fuiste muy quisquilloso con esos detalles- una corbata con la punta algo desflecada que tratabas de mantener escondida abotonando la americana. Menos mal que ahora están de moda los hippster, debiste pensar. Al menos yo así lo hice al ver la barba de semanas que lucías. ¡Y gracias a que en El Corte Inglés sigue siendo posible ponerse un buen perfume con la excusa de que lo estás probando antes de decidirte a comprarlo! Porque a la vista de cómo vestías, supongo que el último dinero que destinaste a perfumería fue ya hace mucho tiempo. Desde luego, vestido y arreglado de esa manera no serías portada del Esquire, pero nadie podría negar que estabas haciendo todo lo posible por salir de la charca inmunda en la que chapoteabas y en la que debías vivir desde hacía algún tiempo. Mientras cruzábamos las típicas frases de cortesía en el saludo me preguntaba qué diablos te habría pasado y, sobre todo, qué demonios buscabas allí. Evidentemente la primera respuesta a esto último era simple: el puesto de trabajo que la empresa ofrecía. Pero eso es como decir que almorzabas un bistec; era una respuesta correcta pero incompleta. Normalmente el bistec va acompañado por otros alimentos y tú, Alberto, al que solíamos llamar "el Grande", buscabas algo más que una simple nómina a fin de mes. O tal vez no. Tal vez las cosas eran más simples y lo único que buscabas era comer tres veces al día.
             Durante un segundo dudé entre darme a conocer o no. Al fin y al cabo, tú, Alberto el Grande, Marín, Alba y yo fuimos durante tantos años el cuarteto más famoso de la facultad. Sin embargo, algo me decía en mi interior que no lo hiciera y, por primera vez en mi vida, hice caso de esa vocecilla que siempre estaba tocándome los cojones. Bien, usted dirá, te pregunté casi a bocajarro apenas nos saludamos y te acomodabas en la silla.  Sudabas. Tú jamás sudaste, pero ahí estabas ante mí, con casi cincuenta años y el tufillo que siempre acompaña a los fracasados. Es un olor peculiar pero que, por mi trabajo, reconozco incluso con los ojos cerrados. Te liaste a hablar diciéndome no sé bien qué sobre planes, proyectos, metodologías y no sé qué más papanatadas. En el fondo buscabas un milagro. Estaba seguro. Aunque ni siquiera tú lo supieras de manera consciente: buscabas un milagro. Porque solo un milagro te devolvería a la vida. No, no exagero; respirabas, te movías, comías (seguro que poco y mal), bebías (¿habías vuelto al alcohol?, sinceramente, no me gustaría), llorabas y reías (seguro que más de lo primero) y sudabas (Dios, ¡cómo sudabas!), pero en realidad eras un cadáver.  Mientras hablabas revisé tu CV. Estaba lleno de fallos, incorreciones, mentirijillas y exageraciones. Vamos lo que uno espera ver en un CV. De repente estuve a punto de decirte que Alba estaba bien, mejor que bien. Que estaba de puta madre. Que hacía lo que quería con su vida. Que había abierto un atelier de decoración muy  chic y que se codeaba con el must de la sociedad madrileña y que jamás te nombraba, pero no lo hice. Sí, siempre fui un cabrón sin sentimientos, pero había algo en ti, tal vez tu mirada, antes chispeante y ahora triste y apagada, o en tu voz, temblorosa a ratos, que me impidió darte la puntilla y humillarte allí mismo. No me preguntes por qué. Me estaré haciendo viejo, carajo, pensé mientras te pasaba al departamento donde ibas a estar un mes a pruebas. Puede que no superes ese mes, pero al menos en ese plazo comerás caliente y si eres lo suficientemente hábil como para no cruzarte conmigo o no demostrar que me recuerdas, tal vez, solo tal vez, sigas trabajando por aquí. Yo, por mi parte, tardé en olvidarte lo que tardé en gritar: "¡siguiente!", y fijar mi atención en un pibón de cara delgada, piernas infinitas y un escote donde podíamos perdernos la amargura que me dejó tu recuerdo y la mía propia, que siempre disimulaba detrás de una sonrisa bien ensayada, un perfume de calidad y una manicura de lujo.





jueves, 19 de octubre de 2017

El billete.


             Le costó mucho. En realidad tardó meses en decidirse, y al final, en una mañana sosa y aburrida de septiembre, lo hizo. Al principio se sintió mal, como si en vez de acabar de salir de la ducha estuviera sucio, sudado y desastrado. Subió al ascensor con la cara enrojecida por algo que no supo definir bien. Tal vez fuera vergüenza o tal vez ansiedad, y murmuró un "...días" apenas audible cuando Berta, la del 5º lo saludó en el ascensor. Le costaba poner los ojos en otra cosa que no fuera las puntas de sus carísimos mocasines de ante marrón. Justo hoy, cuando cumplía cincuenta tacos, se atrevió  a huir de su clásico y venerado gris o negro y se atrevió a mezclar blancos, rojos y marrones en las prendas que llevaba, se sacó la camisa del pantalón y, después del primer ahogo nervioso, se dio cuenta de que sin corbata se respiraba mejor. Va a ser verdad -pensaba- que hasta el más pintado cae en la tontería de la crisis de la mediana edad. Eso sí, jamás en su vida se sintió tan libre como esta mañana, vestido con una camisa de lino roja que por fuera de un pantalón de algodón blanco y sus queridos mocasines -esta vez marrones en vez de negros- sentado en la cafetería del aeropuerto, tomando una cerveza bien fría mientras miraba curioso los destinos que iban saliendo en la enorme pantalla tratando de decidir para cuál de ellos iba a comprarse un pasaje solo de ida.

martes, 17 de octubre de 2017

The runner



                    No pienses, no pienses, no pienses... Sobre todo nunca pienses. Sé listo: mantén la mente en blanco, compañero. Corría por la ciudad cuando aún no había amanecido del todo. Corría hasta que lo paraba la extenuación mientras en su cabeza repetía, con cada paso que daba, el mismo soniquete: no pienses, no pienses, no lo hagas, amigo. Solo respira y corre; solo corre y respira. Al principio lo único que escuchaba era el latido de su corazón que se iba haciendo más rápido y sonoro en la medida que corría más lejos o más rápido, pero después empezó a correr escuchando música para acallar cualquier pensamiento. Siempre deseó saber tocar algún instrumento, pero no tardó en renunciar a ello. Dios o la vida le regaló dos hermosas orejas, solía decir medio en broma medio en serio, pero ningún oído para la música. Las calles pasaban cada vez más y más deprisa dejando atrás, al mismo tiempo, casas, coches, personas, árboles, pero por más rápido que corriera, no lograba dejar atrás esa melancolía que lo tenía preso ni la sensación de que, hiciera lo que hiciera, decidiera lo que decidiera, acabaría equivocándose se nuevo. Por eso su mente repetía una y otra vez aquello de corre, corre y no pienses, sobre todo no pienses. Corre, solo corre; más rápido, más lejos, hasta que logres olvidarla de una santa vez o al final caigas reventado. Su mente siempre fue más fuerte que su corazón, el mismo que ahora amenazaba con explotarle en mil pedazos dentro del pecho. Vamos, se dijo de nuevo, vamos, más rápido, más lejos, y sobre todo, no pienses, nunca pienses, solo corre, compañero; solo corre.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Sara



                    Estaba totalmente seguro de que tenía mujer y un hijo, Sara y Ezequiel, de que se había casado en una pequeña ermita rural y de que había llevado a Sara a ver el mar por primera vez como viaje de novios.  Pero por más que revolvía la casa de arriba a abajo no encontraba nada que apoyara su creencia. Sin embargo, a pesar de ello, estaba absolutamente convencido de que aquello era así. Por eso, un sábado acudió a la policía a denunciar su desaparición. Y cuando la policía le dijo que, según los archivos, él jamás había estado casado, denunció a la policía ante un juez, y luego a este ante la prensa cuando su Señoría dio por buena la versión de la policía. Estaba absolutamente convencido de que alguien, una mano negra, conspiraba contra él y su ira adquiría niveles violentos cuando algún periodista, en alguna tertulia, resaltaba que no solo no había pruebas físicas de la existencia de su supuesta familia sino que de las que sí había era de su paso por diferentes centros de salud mental. ¿Qué sabrían ellos? ¡Claro que había estado en un hospital mental! Allí fue donde conoció a Sara. Se escaparon juntos una noche, en verano, y la llevó a ver el mar. Ella le dijo que era como el estanque del tío Paco, en el pueblo, pero sin un muro cochambroso que lo rodease. Allí fue donde ella le dijo que estaba embarazada de él y que quería llamar Ezequiel al niño. Allí, en aquella cala, se metieron los dos en el mar, y allí fue donde ella desapareció con Ezequiel, con su hijo. Hace ya tres años y desde entonces no ha parado de buscarlos, pero nadie quiere decirle dónde están o si de verdad existieron alguna vez.

viernes, 1 de septiembre de 2017

La alfombra persa.


               El pasado sábado mi hermana cumplía veintitrés años de matrimonio. Ella, para celebrarlo, le compró a mi cuñado un smart-watch de esos que tanto anuncia la tele. Él, por su parte, la obsequió levantándose de un tiro la tapa de los sesos. El forense nos dijo que había sido un disparo limpio, sin titubeos. Pero para ser un disparo limpio dejó su despacho hecho una guarrada y la alfombra persa que tanto gustaba a mi hermana hecha unos zorros, con tanta sangre y sus sesos desparramados en ella. Estoy de acuerdo con ustedes: mi cuñado tenía una curiosa manera de entender lo que era un regalo de aniversario. La realidad es que jamás acertó con lo que le regalaba. Para celebrar los cinco primeros  años le trajo un hermoso gato de angora sin pararse a pensar en la alergia mortal que tenía mi hermana hacia los animales con pelo. En otra ocasión le regaló un elegante foulard de seda que resultó ser acrílico. Nos dimos cuenta cuando a mi hermana se le hinchó el cuello y la cara por su alergia a los materiales sintéticos. Sin duda mi cuñado no era el rey de la observación ni del detalle. Sin embargo he de reconocer que, pasado el follón de los primeros días, jamás vi a mi hermana tan contenta con un regalo que le hubiera hecho el pobre hombre.  Fue cuando vino de la tintorería y le devolvieron la alfombra persa que tanto le gustaba tan limpia como si fuera el primer día. Mientras la extendía le oí comentar algo sobre que había resultado más barato la limpieza que el abogado del divorcio, y tremendamente más rentable para ella. Sin duda, después de veintitrés años de casados, mi cuñado acertó por una vez con el regalo que más ilusión le hacía a mi hermana.

martes, 27 de junio de 2017

Helado de limón. (Parte final).



             De repente me di cuenta de que lo que nos había mantenido unidos estos últimos años no había sido tanto el amor como una terrible pereza que no nos dejaba pensar y actuar. Como quien despierta de una siesta demasiado larga, estaba de mal humor pero decidida a no seguir durmiendo, dejé que trataras de explicar aquella situación. Tal vez hasta sea divertido, pensé. Total, yo ya había tomado mi decisión y solo quería saber si al final te comportarías como un hombre y reconocerías la verdad o tratarías de liarme y mentirme otra vez. Te estrujabas las manos cuando me dijiste que sí, que era verdad, que habías tenido un lío con tu jefa, pero que había sido solo una vez y aunque era cierto que el tonteo duró dos o tres meses, aquella era la única vez que se habían acostado. Yo te miraba a la cara tratando de leer en ella si mentías. Tú mantenías los ojos bajos y seguías estrujándote  las manos y sudando como si fueras un pollo ensartado en una brocheta de asador. 
               No sé bien qué me estabas jurando cuando mi pregunta, seca, restalló como un latigazo. Hasta a mí me sonó como un disparo en la noche. ¿Por qué? -te pregunté- ¿qué había cambiado para que hubieras tirado todo nuestro pasado y todo nuestro futuro por la borda? ¿Qué te hacía ella que no pudieras pedirme a mí? ¿Tan buena es en la cama? Tuviste el buen tino de no contestarme a eso último. Contestaras en un sentido o en otro hubiera sido tu perdición. Solo me dijiste que yo había cambiado mucho en estos últimos años. ¡Como si tú no!, pensé. Que cuando me conociste era como un exquisito y dulce helado de nueces de macadamia, de los de Häagen-Dazs, pero que con el tiempo me había convertido en un agridulce helado de limón de los de marca blanca de Mercadona, de esos que te dejaba la cara como la de un chino cuando lo comías, con la comisura de la boca hacia abajo y los ojos entrecerrados por lo agrio del limón. ¿Y ella? te pregunté. Ella había sido una granizada de fresa, que refrescaba pero al final era más el hielo que el sabor. Estuvimos en silencio mucho tiempo. Yo te miraba y tú fumabas y bebías como un condenado a muerte en espera de su ejecución. Conque un helado de limón, te dije. Por primera vez levantaste la cabeza para decirme que sí, cremoso pero agridulce, terminaste por decir.
               ¿Y ahora, qué? ¿Cómo sé yo que no seguirás comiendo otros sabores de helados por ahí? ¿Cómo sé que no te has quedado enganchado al de nueces de macadamia de Häagen-Dazs? Querida -me dijiste- mi jefa es una depredadora. Se encaprichó de mí, me persiguió y me consiguió, y justo después de ese día, perdió todo interés en mí. La foto la guardé para acordarme siempre de la estupidez que hice. Nos miramos un buen rato a los ojos. Fui yo la que rompió en mil pedazos la foto y la que pasó la página del álbum. Noté cómo suspiraste con alivio cuando comenté lo horrorosa que estaba tu prima Marta en esa foto de la primera comunión de Carlitos. Nunca más volvimos a sacar este tema, pero sé que a menudo te preguntas la razón de que no te hubiera hecho pagar con sangre aquel desliz. Yo también pero, al fin y al cabo, ¿quién no tiene algún cadáver guardado en el armario? Además, sinceramente, yo también odio el helado de limón.

jueves, 22 de junio de 2017

Helado de limón. (5ª parte)



                 Desde el sillón me mirabas con la copa casi acabada en la mano. No sé qué esperabas que hiciera; que empezara a dar gritos como una loca y a romperlo todo, que hiciera el equipaje -el tuyo, por supuesto- para quedarme a solas y castigarte en el mismo acto o que me fuera hacia tí y empezara a abofetearte. La verdad es que todo eso se me pasó por la cabeza pero al final me senté frente a ti con la foto aún en la mano y te pedí una copa. Necesitaba beber algo, y que fuera fuerte. Más fuerte que la ira que notaba crecer en mi pecho. Fuiste a darme la copa en la mano, pero al ver que no soltaba la foto la dejaste frente a mí. La bebí casi de un tirón. Entró como agua, pero al poco me empezó a quemar en las tripas. ¿Qué diablos me habías puesto? Miré hacía la barra de la cocina. Vodka, claro. Siempre bebes vodka cuando estás histérico. ¿Y bien?, pregunté. Empezaste a balbucear que lo sentías mucho, que había sido un error, que solo había sido una vez, que no sabías en qué pensabas. ¡Qué patético te veías! Espero que no te creyeras la sarta de mentiras que me estabas diciendo. Yo, desde luego, no lo hacía. No sé si fue el vodka, la rabia sorda o que, de repente me di cuenta de lo estúpido que te veías, con los slips ajustados, la camiseta manchada de pizza, el rostro enrojecido, el pelo alocado  y la copa temblorosa entre tus manos, pero de golpe me sentí tranquila y relajada, como si estuviera viendo un vodevil o siendo espectadora de un melodrama ajeno a mí. Te hice un gesto para que me sirvieras otra copa y mientras lo hacía no dejé de fijarme en ti. Es como si te viera por primera vez. Me pregunté qué diablos había visto en ti para haber pasado tantos años a tu lado. Sobre todo, me pregunté qué diablos habría visto ella para irse a la cama contigo. Por el sexo desde luego que no. Eras de lo más aburrido en ese campo. ¿Entonces? ¿Por qué había estado los últimos treinta años contigo? Y sobre todo, ¿por qué se había encamado contigo una mujer que con chasquear los dedos tendría a cualquier hombre y a muchas mujeres a sus pies. No lograba entenderlo.
(Continuará)

miércoles, 21 de junio de 2017

Helado de limón. (4ª parte)


             Volví a mirar la foto mientras tú te servías con generosidad una copa. Me mirabas con la angustia y el  miedo reflejado en tus ojos. Sabía que estarías intentando encontrar una buena excusa para explicar todo aquello: la foto cortada, que estuviera escondida detrás de otra dentro de un álbum que hacía años que no tocábamos, tu erección, imparable, insultante, apenas tapada por la toalla de ducha, esa habitación y, sobre todo, la dueña de esa mano con las uñas pintadas de azul. Esa mano, esas uñas... mi cabeza ardía, mi mente iba a mil. Quería recordar por qué esa mano y esas uñas, azules, perfectas, delicadas, no me resultaban extrañas del todo. Me recordaban algo, o tal vez a alguien. Tú empezaste a balbucear tratando de decir algo que rompiera la tensión del momento pero te hice callar con un solo gesto. Te sentaste y bebías en silencio, mirando hacia la ventana, como si por allí fuera a aparecer, de manera mágica, la respuesta a todo esto o como si quiseras saltar por ella, a pesar de estar en un noveno piso, para huir de lo que se te venía encima. 
           Esa mano... esas uñas... Fue como un fogonazo. La cara y el cuerpo al que pertenecían esa mano y esas uñas, delicadas, perfectas y azules, vino de repente a mi memoria: Anabel. Eran de Anabel. Tu jefa. Recordé que me la presentaste cuando nos la encontramos el verano pasado en vacaciones. Sí, aquellas vacaciones en las que tuviste que trabajar unas horas cada día porque el compañero que te sustituía se había roto una pierna al caerse en una zanja. Ese verano en el que me dejabas sola y aburrida en el hotel y que siempre volvías despotricando de tu jefa por hacerte trabajar en vacaciones. El mismo verano en el que, a la semana de empezar nuestras vacaciones nos la encontramos en el bar del hotel donde, al parecer, había ido a reunirse con un cliente muy especial para la empresa y cuando te dijo lo de tu compañero y que si no te importaba echar un par de horas cada día para atender solo a los clientes más importantes. Que ella sabría recompensarte el sacrificio. Recordé que llevaba un traje súper ajustado de licra azul cielo y las uñas pintadas del mismo tono. Tú me dijiste que ese era su color favorito y que estabas seguro de que hasta llevaría la ropa interior a juego si la usara. Recordé cómo nos reímos ante tu ocurrencia. Entonces creí que era una ocurrencia. Hoy sé que hablabas con conocimiento de causa.
(Continuará.)

lunes, 19 de junio de 2017

Helado de limón. (3ª parte)



                  Fuiste tú quien se dio cuenta de que detrás de una típica y pésima foto de nosotros en una playa en medio de un grupo de personas que eran nuestros amigos de aquellos años, pero de los que hoy me costaría dios y ayuda recordar el nombre de la mayoría, asomaba la esquina de otra foto que se escondía allí. La foto de la playa sería alrededor de mediado de los ochenta por el estilismo de los bañadores y los cortes de pelo de las chicas; bueno, y porque tú aún llevabas el pelo cardado. ¡Señor, deberían prohibir guardar según qué fotos! La verdad es que no recuerdo muy bien aquellos años. Hay como una enorme laguna en blanco en mi memoria, sin embargo, tú cambiaste de color y de humor cuando sacamos la foto de su escondite. Yo no me hubiera dado cuenta, pero tu gesto al ver esa esquina que salía por detrás, me llamó la atención. Era una foto cortada por la mitad. Allí estabas tú, con una toalla de ducha casi tapando tus partes. Casi, porque era evidente que lo que cubría pujaba y empujaba con fuerza por salir de su escondite. Y de qué manera. Sonreías como un bobo. Eso es lo único que has mantenido desde que te conocí: la sonrisa de bobo que tú crees irresistible. Llevabas un vaso lleno en la izquierda y la derecha se quedó en la otra parte de la foto cortada; igual que el cuerpo al que pertenecía el brazo de la chica que, sosteniendo un cigarrillo, pasaba por tu cuello para caer sobre tu pecho. No pude reconocer la habitación donde fue hecha esa foto, pero sí que esa mano no era mía. Sobre todo porque yo jamás he fumado. Te miré con extrañeza. Más porque la foto estuviera cortada, evitando así reconocer a la persona que te agarraba así que porque estuviera escondida detrás de otra. Te miré y habías enrojecido de repente. Tú, que tienes más cara que un saco de monedas y que, además, presumías de ello, no sabías dónde mirar o qué hacer con esa foto. Estaba segura de que, si pudieras, te la tragarías en ese mismo momento para desaparecer así la prueba incriminatoria y, sobre todo, para no tener que responder a la pregunta que me quemaba en los labios.
(Continuará...)

viernes, 16 de junio de 2017

Helado de limón. (2ª parte.)



                 La ropa que llevábamos en aquellos años nos hacía reír cuando la mirábamos hoy. Aquellos pantalones de pata de elefante, aquellas blusas ajustadas y de colores llamativos, las botas con pitillera en la caña que llevaste durante un par bueno de años, las plataformas que llevábamos ambos, los vasos de cubata en la mano, los ojos rojos -no sé si por la mala calidad de las fotos o por el alcohol trasegado-, la cadena aquella con una raquetita de tenis que llevé cruzada por la mano y la muñeca, los días de reyes con tres o cuatro vinilos entre los regalos. Aquellos vinilos sí que molaban, ¿no crees? Aquellas portadas multicolores, las letras de las canciones en el interior, los equipos Hi-Fi que eran imprescindibles en cualquier casa que se preciara, las tardes en la playa, sin nada más que hacer que tostarnos al sol, comer pipas y escuchar música en el radio cassette Aiwa hasta que se hacía de noche. Fuimos repasando toda una vida juntos a través de esas fotos. Cuando solo éramos amigos, cuando éramos amigos especiales en la pandi, cuando empezamos a salir como novios, los primeros años de casados, los primeros kilos de más, las primeras arrugas, la distancia que, cada vez más, aparecía entre los dos en las fotos según pasaban los años. 
(Continuará...)

jueves, 15 de junio de 2017

Helado de limón. (1ª parte).



              Fue una mala idea. Pésima. Pero en aquel momento no me lo pareció. En aquel momento creí que hasta podía ser divertido. Desde luego más divertido que pasar la tarde del domingo dormitando ante una película ñoña, de corte romántico y de factura alemana. Realmente no sé de quién fue la idea, si mía o suya, pero bajé del altillo que está en el trastero los viejos álbumes de fotos. Con un bol de roscas y una Coca-cola empezamos a bucear en un pasado que fue, de eso sí que nunca me cupo duda, peor, mucho peor. Allí estabas tú, con un pelo abundante y rizado, con unas camisetas tan ajustadas que se te notaba hasta el ombligo, con una esclava de plata en la mano derecha que llevaba escrito tu nombre en letras psicodélicas. Aparecías subido en la vieja Derbi roja con la que ibas a buscarme a la salida de clases, jugando al fútbol -más pachanga que partido- con los amigos del barrio, fumando en un chiringuito de playa con una cerveza helada en la mano y un cristo de oro descansando en la pelambrera que lucías en el pecho. ¿Te acuerdas? Antes, los hombres, llevabais pelo en el pecho y a nosotras nos encantaba jugar con él ensortijándolo con nuestros dedos. Entonces no lucías esa barriga en la que descansa el álbum ahora y tampoco tenías ese mal genio que hace que discutas por casi todo casi todo el tiempo. Antes, simplemente, éramos jóvenes y disfrutábamos de la vida, no luchábamos contra ella. 
(Continuará...)

martes, 13 de junio de 2017

El portazo.



                         El ruido de la puerta de su casa cerrándose de golpe detrás de él le acompañó toda esa primera noche que durmió en su coche. Bueno, lo de dormir  era un eufemismo. En realidad se la pasó intentando comprender qué había pasado entre ellos, por qué esta bronca fue más importante que las anteriores, por qué ese odio que, de repente, había usurpado el cariño y el amor que se tenían. Porque de eso estaba seguro: entre ellos hubo mucho amor. ¿Y entonces, qué fue de él? No lograba ninguna respuesta. Solo el ruido seco de la puerta al cerrarse de golpe cuando él salía. Un golpe que era como un disparo que acabase, de pronto, con trece años de amor. Amanecía cuando, tras una noche de vueltas y revueltas en su coche, se quedó dormido. Lo suficiente como para que el ruido de unos nudillos en el cristal del coche lo sobresaltaran. Cuando abrió los ojos solo distinguió una figura enorme que le tapaba todo. Bueno, todo no, casi; porque el destello de las luces rojas y azules que salía del otro coche a su lado no había manera de taparlo. Al principio no entendía nada de lo que le decían. Estaba medio dormido y aquel policía no dejaba de repetirle que abriera la ventanilla pero lentamente y con las manos a la vista. Luego lo sacaron entre otros dos por esa misma ventanilla. Vale, ya sabía que dormir en un pequeño opel corsa en una de las calles de Ciudad Jardín no estaba bien, pero aquello le parecía excesivo. En comisaría le dijeron que su mujer había aparecido muerta en el salón de su casa, en medio de un gran charco de sangre, con la cabeza reventada por un tiro. Él les dijo la verdad, que no recordaba nada, que habían discutido y que ella, porque fue ella, que quede claro,  cerró la puerta de la casa dando un portazo, y que ese golpe seco y fuerte como un tiro no se le iba de la cabeza, que de allí se fue a dormir a su coche y que no, que no tenía explicación para la escopeta de caza que estaba en su portabultos con el cañón apestando a pólvora y con un cartucho menos en la recámara. Tampoco tenía explicación de la sangre que manchaba la suelas de sus zapatos y el bajo de sus pantalones. Él solo recordaba ese portazo que ella dio, -les juro que fue ella, de verdad- y que aún restallaba en su cabeza como si de un tiro de escopeta se tratara.

martes, 6 de junio de 2017

El último baile.



Wally Westmore estaba nervioso; muy nervioso. Llevaba más de quince años trabajando como maquillador para la Paramount, y desde hacía cinco, siempre asistía en las películas protagonizadas por  Dean Martin y Jerry Lewys. Pero nunca lo había pasado tan mal como en esta última película. Jamás. Ahora mismo quisiera estar en cualquier otro lugar del mundo, incluso en mi casa, con la bruja de mi mujer gritándome que de dónde vengo a estas horas, que si cada vez cenamos más tarde en esta casa, que si la niña no ha parado de llorar en todo el día, pensaba mientras repasaba los maquillajes y las brochas. Pero Dean Martin se había empeñado en que siempre le maquillara él.
Martin, que siempre estaba bromeando y cantando o haciendo galanterías a las chicas de peluquería, estaba hoy callado y de un humor de perros. Era el último día de rodaje de Locos por Anita, y Jerry Lewis aún no había aparecido por el set. Cuando empezaron como pareja profesional llegaban juntos al rodaje, muchas veces después de una larga noche de juerga, y era él quien tenía que intentar disimular los estragos del alcohol, la coca y las putas de sus caras. Pero desde hacía un año, al acabar Artistas y Modelos, la relación entre ambos había entrado en una dinámica destructiva. Discutían por lo más insignificante. Todos creían que era una cuestión de egos desatados, pero en el fondo pasaba lo de siempre: dos hombres jóvenes e inteligentes, una mujer que coqueteaba hasta con su sombra, y el desastre ya estaba servido.
Jerry apareció con un whisky doble en una mano y con un cigarrillo aromatizado colgando de la boca.  Saludó a Carolan e hizo un gesto entre burlesco y despectivo a modo de saludo a Dean Martin. Éste se giró violentamente y estalló la guerra.
-¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas? 
-¡Vaya, no sabía que ahora, además del de guaperas, el estudio te había dado el papel de mi madre! 
-Eso es lo que te molesta, ¿no? Que yo sea el guapo de los dos, que sea por mí por quien gritan las mujeres. 
-Tú serás el guapo, y hasta cantas, porque eso que haces, según dicen por ahí, es cantar, ¿no? Pero sigue bebiendo así y despertándote cada día en una cama diferente, a ver cuánto te dura tu éxito, amigo
-¡Vaya! ¿Quién hace de madre ahora? Claro que, con esa cara de estreñido comprendo que no te comas ni una rosca. No todos entienden tus "bromas para inteligentes". No eres Bob Hope, desde luego...
Wally ya no podía trabajar. No porque Dean Martin no se estuviese quieto o porque Jerry Lewis ni siquiera se hubiera sentado para que lo maquillara. No podía trabajar porque las manos le temblaban de los nervios. Él no sólo había sido el maquillador de los dos. También había sido su primer fan, y de alguna manera también era amigo de ambos. Cada uno supo atraparle a su manera. Dean con la calidez de su voz. Jerry con esa inteligencia fina con la que lograba sacar punta a cualquier cosa en casi cualquier ocasión. Pero hoy no lograba entender qué pasaba, por qué actuaban así, por qué rompían tan mezquinamente diez años de amistad. ¡Y todo por una mujer! Jamás se lo perdonaría.
-¡Señor Martin, señor Lewis, a escena en cinco minutos!
Los dos se miraron con rencor, pero eran unos profesionales. La película la acabarían de rodar. Sobre todo porque si no, la penalización económica que les haría pagar la Paramount les arruinaría. Jerry se alejó con su whisky en la mano y un contoneo irritante. Seguramente lo maquillaría Berta. Ella acabó con Dean Martin y se retiró lo más discretamente posible. Antes de cerrar la puerta del camerino echó una ojeada a través del espejo. Con las luces del camerino casi apagadas en su totalidad, pudo ver a Dean con la cabeza gacha y los brazos cruzados encima del pecho. Parecía dormir, pero Wally sabía que no lo hacía y rezaba para que el maquillaje aguantara bien esta última escena. No creía que pudiera volver a pasar por todo esto se nuevo.
-¡Actores a escena!
Y las luces del plató se encendieron de golpe dejando en las sombras la vida real mientras la melodía del último baile sonaba estruendosamente.

(Recreación basada en las memorias del maquillador de la Paramount, Wally Westmore).

miércoles, 24 de mayo de 2017

Fin de semana romántico...


                  Estoy seguro de que me ama, aunque es demasiado tímida para decírmelo. Pero las señales que me manda son claras. Sí, sin duda me ama. Si no, ¿a qué vienen tantas sonrisas a la hora de servirme el desayuno? O ese corazón que me pone con crema en el café. No, está claro: me ama. Solo tengo que darle un pequeño empujoncito para que se decida y va a ser este fin de semana. Ya tengo la casita en el campo, con su huerta, su jardín, rodeados de montañas y de esa pequeña laguna. Un sitio alejado de todo y de todos para que pueda decirme, sin tapujos, que me ama. Estoy muy ilusionado. Esta vez es la definitiva, seguro, no como las otras. Mujeres casquivanas que coquetean sin amor y que me engañaron. Pero ella no; ella es sincera aunque no se atreva a decírmelo, seguro. Lo noto. Esta tarde la esperaré a la salida del trabajo, en el parking, y nos iremos juntos al campo. Eso es lo que precisamos: paz, tranquilidad, soledad; ella y yo sin más compañía humana en kilómetros. Voy a revisar una vez más los preparativos que llevo. A ver: comida de ese restaurante tan romántico, el ramo de rosas rojas, agua, vino, pelis, cinta americana, alambres de espino, el cuchillo grande, guantes de goma, el chubasquero, tres sacos impermeables, la pala... Sí, lo llevo todo. Hombre prevenido vale por dos, pienso mientras sonrío. Pero no, esta vez no es como las otras, esta vez no me equivoco: me ama.  ¡Verás,  cómo nos lo vamos a pasar este fín de semana, amor!