jueves, 19 de enero de 2017

Caramelos de nata.



                 La última vez que se vieron fue en la alberca del pueblo. Tenía poco más de diez años y estaba de vacaciones en casa de los abuelos. Él le había regalado un caramelo de nata y ella le correspondió con un beso pegajoso en la mejilla. Ese mismo día su padre murió en un accidente de trabajo y una semana más tarde su madre se lo llevó a la ciudad. En los años siguientes se echó novia, se casó, tuvo dos hijas y se divorció, pero jamás volvió al pueblo. De ella solo recordaba su nombre, sus ojos azules, el sonido de su risa, que le gustaban los caramelos de nata y, de vez en cuando, la húmeda sensación de que ese último beso seguía aún, pringoso, en su mejilla. Ella recordaba de él los hoyuelos que se le formaban al sonreír, las canciones que tarareaban juntos, la tibieza de sus manos y el rubor que le dio cuando le besó en la cara el día en el que su padre murió. Ninguno de los dos volvió a comer jamás aquellos caramelos de nata. Ambos seguían soñando con encontrarse algún día y darse un atracón de ellos juntos, cogidos de la mano y sentados en silencio en la piedra de los enamorados, la que estaba junto a la alberca del pueblo donde ella le dio ese beso lleno de amor y azúcar.

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