lunes, 16 de enero de 2017

El Chato y Ruso.



                  En mi barrio no se vive ni bien ni mal; en mi barrio se sobrevive y unos lo hacemos mejor que otros. Allí hay gente a la que no se las conoce por el nombre que sus padres les impusieron sino por los que la vida les fue dando. En mi barrio, (y salvo que vivas en Ciudad Jardín, en el tuyo también) hay alguien al que llaman el Negro, el Chino, el Chato, el Pelúo o el Boliche. El Chato de mi barrio es un hombre mayor, aunque no creo que nadie pueda calcular su edad ni que él mismo la sepa. El pelo descuidado y sucio, la cara resoleada, la ropa tres tallas mayor que la que debiera usar y un cuerpo tan desgarbado, que más que caminar va arrastrando su miseria con él, tampoco ayudan mucho a ello. El Chato y yo no somos amigos; no tenemos nada en común salvo vivir en el mismo barrio. No tiene dónde caerse muerto porque sus únicas propiedades son su persona, la ropa que lleva, sus piojos y el Ruso, su perrillo, un mil leches pulgoso que lo sigue a todas partes y que escucha atento todas sus historias cuando están sentados junto a la tapia del cementerio, el Chato bebiendo para matar el frío o para enterrar a sus fantasmas y el Ruso royendo cualquier hueso maloliente cogido de la basura de algún local de comidas. Hoy me he tropezado con el Chato a la salida del mercado. Estaba sentado donde siempre, a la sombra del edificio, con los ojos rojos y la cabeza entre las manos. Nunca me había fijado en sus manos. Eran grandes y con unas uñas con mugre añeja. Sin embargo, el Chato no contestó mi saludo. En mi barrio todos nos saludamos, seamos de los que sobrevivimos mejor o peor. Esa regla siempre se cumple y el Chato, además, era un relaciones públicas profesional; de eso conseguía el vino que le servía para tener siempre el alma algodonada y los sentidos entumecidos.  Cuando me iba me soltó como quien dice algo que le ahogaba que el Ruso se le había muerto. No levantó la cabeza para decirlo, apenas si alzó algo la voz; lo justo para ser audible. Me quedé parado sin saber qué hacer o decirle. Cómo se consuela a un hombre tan castigado por la suerte que solo olvidaba su existencia cuando se miraba en los ojos de un perro tan apaleado por la vida como él mismo.