viernes, 13 de enero de 2017

El conserje y la camarera.



                Lleva treinta y dos años en ese trabajo, pero la mayoría de los que pasan por delante de él no sabrían decir el color de su pelo o si lleva gafas o no. Para ellos solo es Rodríguez, el conserje. Y aun eso lo saben porque lo leen en la plaquita que lleva en el pecho. Se ha pasado la vida buscando a alguien que se pare a hablar con él un minuto al día aunque sea para hablar del tiempo. Penélope lleva veinte años sirviéndole el café y Rodríguez ni siquiera sabe su nombre ni se da cuenta de si está más gruesa o se ha cambiado el peinado. Para él es solo la camarera que le sirve un poco más de café o le pone la porción mayor de la tarta de queso. Jamás la reconocería en la guagua o en la cola de un supermercado a pesar de que ella le sirva ese café extra o le ponga más tarta de lo normal buscando que él levante los ojos del plato y le mire a la cara para poder sonreírle y decirle, por ejemplo, que hoy está haciendo más frío que ayer o que en este puente la lluvia iba a fastidiar a la gente. La vida está llena de camareras y conserjes anónimos que se buscan a ciegas sin encontrarse jamás.

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