martes, 10 de enero de 2017

El viejo camino.



                       Llovía tanto que parecía que, al fin, Dios había escuchado mis ruegos y había mandado un nuevo diluvio universal para limpiar el mundo de tanta mentira, de tanta hipocresía y basura. O tal vez lo había mandado para limpiar mis pecados, esos pecados que me llevan persiguiendo desde hace tantos años y que cada día que pasa me hundían más en la tristeza y el remordimiento. Subí el volumen de la radio del coche; no quería pensar más. Solo quería concentrarme en esa lluvia que caía tan fuerte que los limpiaparabrisas del coche no daban avío para quitarla. El parabrisas de mi coche parecía una pantalla de cine donde mi vida pasaba como una película en blanco y negro al ritmo de la lluvia. En mi vida había visto a un villano tan despreciable como lo era yo en esa película. Cómo odiaba a ese tipejo sin alma ni corazón, sin escrúpulos de ningún tipo, preocupado solo porque cada día que pasase su poder aumentara a costa de quien sea o de lo que sea. Los débiles eran la madera precisa para que ese tren no parara. La lluvia arreciaba con ganas. La carretera era apenas una sombra entre otras sombras. Me daba igual. La conocía de memoria. De hecho podría recorrerla con los ojos cerrados. Lo único que no reconocía era aquella voz que decía algo sobre un coche que había ido a demasiada velocidad por esa carretera sin luz a pesar de la lluvia y que se había salido en una curva para estrellarse contra un árbol. Esa voz... Debía ser algún locutor en la radio. En realidad no me importaba. Estaba demasiado cansado y, a pesar de que ya no oía la lluvia, prefería seguir así, con los ojos cerrados y aferrado al volante de mi coche.

1 comentario:

Rosy Robayna dijo...

Un repaso algo tarde. Puede que arrepentido o regodeándose. A saber. Tantos troncos que quemó y la lluvia hizo justicia..8Ni caso.)