miércoles, 4 de enero de 2017

El Zamora.


                     Mi padre me decía que estudiara para poder conseguir un buen trabajo, casarme, tener una familia y hacerme, por fin, un hombre. Yo quería ser futbolista. Se me daba bien. Era un gran portero y siempre que soñaba me veía defendiendo una portería y recogiendo el Zamora ante decenas de cámaras y periodistas. Pero mi padre me dijo que me fijara en él y que me dejase de tonterías. Mi padre era un hombre honrado, serio, cabal. Sacó adelante a una familia de seis hijos y a todos nos pudo dar estudios. ¿Cómo no hacerle caso? Lo enterramos hace cinco años. Justo una semana después de mi graduación en Derecho. ¡No sabes cuánto me alegro de ello! No sé cómo hubiera podido soportar ver a su hijo, abogado, serio, cabal como él, trabajando de abogado en un despacho en Triana por menos de trecientos euros al mes, esperando en la fila de la parroquia una pequeña compra que cada jueves me da Cáritas y dar de comer con ella a mi mujer y mis dos hijos mientras sigo soñando despierto con el portero que pude haber sido y el trofeo Zamora, que ya sé que jamás acariciarán mis manos.

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