jueves, 12 de enero de 2017

La lógica absurda de la felicidad.


                   Mi abuelo, Ben Al-Munir, era un pastor de camellos cuando los ingleses mandaban en mi tierra. Era un hombre rico. Tenía más de 70 camellos. Vivía en una cabaña de barro, grande, fresca en las horas de calor, cálida cuando hacía frío. Mi abuelo, Ben Al-Munir, era feliz. Tenía una gran familia: tres mujeres, 20 hijos, 74 nietos. Yo soy su nieto número 60. Mi padre, Kaled Ben Al-Munir, tenía tres barcas y se dedicaba a la pesca y a la búsqueda de perlas. En casa siempre tuvimos comida suficiente, pescado fresco, carne y leche de camella, dátiles, higos, y los niños, golosinas de trigo hervido y miel de palma. Todos éramos felices. Mi abuelo, Ben Al-Munir, murió tres años después de la proclamación de la independencia y de que nos convirtiéramos en el Emirato de Abu Dabi y de que el petróleo que guarda nuestro desierto nos cambiara la vida a todos. Hoy tengo en mis rodillas a mi primer hijo, Nahir Omar Ben Al-Munir. Él no será pescador ni camellero. Yo tampoco lo he sido. Compro oro, electrónica, y objetos de arte por todo el mundo y los distribuyo por los emiratos. Tengo una mujer y dos hijos y vivimos en una mansión rodeada de jardines, con una piscina enorme, a 100 metros de donde mi abuelo, Ben Al-Munir, criaba camellos y a poco más de un kilómetro de donde mi padre, Kaled ben Al-Munir, pescaba. Tengo cinco coches y en casa nos atienden media docena de empleados atentos a cualquier deseo mío, de mi mujer Saima o de mis hijos. Pero en noches como esta, cuando miro al cielo y veo las mismas estrellas que veían mi abuelo y mi padre, en mi corazón, en vez de esa alegría que les hacía cantar para nosotros los pequeños y bailar a nuestras madres y hermanas, siento un vacío tan grande que ni la mansión, ni los cinco coches, el jardín, la piscina o los seis sirvientes pueden llenar. Por eso, mi hijo, Nahir Omar Ben Al-Munir, jamás recordará haberme oído cantar riendo y batiendo palmas o a su madre bailando al son de nuestra música, con los pies descalzos, en la arena del desierto que vio nacer a mi clan. Será rico, tendrá estudios,  pero jamás sabrá disfrutar de esas cosas que no cotizan en bolsa, que no puedo comprar o vender, que no va a aprender en la universidad inglesa o americana a la que lo mandaré, y que hacían tan feliz a su abuelo o a su bisabuelo y que yo, su padre, añoro cuando miro al cielo estrellado o veo como Alá usa el viento para escribir su poesía en la arena del desierto.

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