lunes, 23 de enero de 2017

La nana.



                        Miraba a sus dos hijos con una mezcla de miedo, pena y ternura. Estaba convencida de que el mundo se encaminaba a una guerra terrible. Locos en el poder e inútiles tratando de conseguirlo, ese era para ella el panorama en el que tenían que vivir y eso la deprimía cada día más. No podía evitar preguntarse qué podía hacer ella para solucionarlo. El deber de los padres, se decía a diario, era proteger a los hijos de cualquier mal a cualquier precio y en su mente se repetían una vez tras otra las historias que su madre le contaba, cuando ella era una niña, sobre la guerra en los Balcanes. Lo terrible que había sido para todos, para los caídos y para los supervivientes. O cómo había tenido que salir huyendo de su propio país, destrozado y en llamas, rodeada de muertos anónimos que poco antes habían sido sus vecinos o su familia, para poder salvar su vida. No soportaba la idea de que sus hijos pudieran vivir algo así. La leche caliente de esa noche les supo a los gemelos un poco rara, pero el cariño en los ojos de su madre endulzó aquel leve amargor. Fue lo último que los niños recordaron antes de morir. Ella, tranquila, se sentó a velarlos con el sentimiento del deber cumplido: sus hijos no morirían en una guerra terrible ni sufrirían sus consecuencias. Por eso no entendía el revuelo que se había armado cuando su marido llegó del trabajo y los vio acostados, fríos y agarrotados mientras ella, con los ojos cerrados, les cantaba esa última nana.

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