lunes, 9 de enero de 2017

Los amantes.



                        La voz del otro lado del teléfono dijo que se llamaba Walter, que era amigo de Bea, que ella le había dado mi número y que era vidente. A mí todo aquello me sonaba a timo, aunque es cierto que hacía poco me habían presentado a Bea y que habíamos hecho buena amistad, pero la curiosidad me pudo y le dije que siguiera hablando. Me dijo que en una sesión de tarot con Bea mi destino se había interpuesto al de ella y que vio mi futuro tan claramente como podía ver ahora la calle a través de la ventanilla de su coche. Bea, mi amiga, es muy dada a augures, adivinos y todo lo que suene a esoterismo. Yo soy más bien escéptica con todo lo que no tiene una explicación lógica, pero reconozco que mi curiosidad iba en aumento. El supuesto vidente me dijo que estaba liada con un hombre casado y que su mujer se había enterado por casualidad de que yo era la amante de su esposo. Vaya; ahí me dio. ¿Cómo podía saber él esto si no se lo había dicho a nadie, ni a mis mejores amigas? Además, Juan era de lo más discreto. Por no saber, nunca me enteré ni del nombre de su mujer. Nos conocimos en un bar y fue un flechazo. Además, habíamos acordado que la nuestra era una relación solo sexual; sin ataduras ni preguntas. 
               El silencio en la línea duraba demasiado, así que, espoleada por una curiosidad cada vez mayor, le pedí que continuara. Walter, creo que así me dijo que se llamaba, me advirtió de que la mujer de mi amante estaba un poco loca y que esto la había enloquecido del todo, que había decidido matarme y que no era la primera vez que hacía algo parecido porque su marido era muy dado a caer en la infidelidad, pero que ella, de una u otra manera se acababa por enterar y siempre liquidaba de manera definitiva el problema. De repente sentí frío. La voz me dijo que había contratado a un profesional para solucionar este desagradable asunto y que si no andaba rápida, me quedaban apenas unos minutos de vida y se ofreció a ayudarme. Me dijo que me asomara a la ventana y que desde allí podría ver quien atentaría contra mi vida. Mi sentido común me decía que no le hiciera caso, que colgara el teléfono y llamara a la policía, pero a estas alturas mi sentido común era mucho menor que mi curiosidad, así que me asomé a la ventana. Mi madre siempre me lo decía: Carol, la curiosidad mató al gato; no seas tan curiosa. Mi madre tenía razón, Aunque ahora, tendida en el suelo de mi salón, con un disparo en el pecho y desangrándome, no sirviera de mucho reconocerlo. A lo lejos, mientras se apagaba la luz, podía escuchar la voz de Walter desde el teléfono caído junto a mí dándome las gracias por facilitarle el trabajo y desvelándome el nombre de la mujer de mi amante. Vaya, Bea. Mi querida y celosa amiga Bea. Bea, la del marido misterioso que siempre estaba trabajando cuando quedábamos todas en su casa. Por cierto, Carol -su voz era cada vez más débil- olvidé decirle que yo, aparte de vidente, también soluciono ciertos problemas digamos, desagradables. Uno ha de ganarse la vida como pueda y ya sabe usted lo complicado que es vivir en estos días. ¡Me lo va a decir a mí! -pensé- mientras mi corazón dejaba, poco a poco, de latir.

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