lunes, 6 de febrero de 2017

Certezas.


                         Sé que me van a matar. Ellos no se dan cuenta, pero les escuché cuando tomaron la decisión entre cuchicheos. En realidad escucho casi todo cuanto dicen aunque no lo demuestro. Ese es el problema, que no demuestro nada: ni que les oigo, ni que les entiendo, ni siquiera que sigo siendo el mismo que era antes, aunque ellos no sean capaces de darse cuenta. Me quedan pocas horas y no quiero gastarlas con rencores o temores. Me gustaría decirle a los míos que los quiero y que los entiendo, que no se preocupen, que probablemente yo hubiera tomado la misma decisión en su caso. ¡Maldito infarto y maldito estado de coma...! Solo espero que no se equivoquen al certificar que estoy muerto de la misma manera que se equivocan ahora, al dar la orden de desconectarme porque, según el médico, no siento nada y lo que me mantiene vivo es esta maquinita con su bip, bip tan irritante. ¡Cretino! Diez años de estudios para cagarla así. Morir no me asusta, pero que me entierren vivo y en coma, totalmente indefenso, me aterra tanto que no me extrañaría que me diera otro infarto, y que esta vez sí, fuera el definitivo.

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