miércoles, 15 de febrero de 2017

Consejeros




                       Cerraba tres veces la puerta de su casa al salir. Caminaba siempre moviendo antes el pie izquierdo y si al llegar a su destino era ese mismo pie el que acaba el camino, daba dos pasitos, como un soldado que pierde el paso, para acabar con el derecho. Jamás mezclaba los alimentos al comer. Primero las verduras rojas, luego las verdes, le seguían las blancas o el arroz y acababa con el bistec. Se lavaba las manos con agua, jabón y un desinfectante cada vez que tocaba algo que viniera de fuera o saludaba a alguien. Su mundo era perfecto dentro de su rutina. Nadie sabía que ese cincuentón, calvo, espigado y maniático insoportable, era en realidad, la dulce Amanda, la coach más leída del país y que, con sus consejos en las revistas de psicología, ayudaba a superar los traumas y las manías de cientos de lectores. Cada noche, cuando leía en su casa las cartas que llegaban a la redacción, lloraba en silencio y recordaba cuando era un simple periodista en paro, feliz y hambriento, que había aceptado ese puesto para pagar la cuenta del casero y que solo tenía una manía: sacar la basura cuando ya desbordaba la bolsa.