sábado, 25 de febrero de 2017

El reloj.



               Él quería un reloj. Lo quería por encima de todo. Un reloj de esos tan elegantes, de los de esfera dorada y una correa de cuero negro y brillante. Quería un reloj, ese reloj, porque para él significaba el paso a un nivel superior. Era como si, poseyendo un reloj, en concreto ese, poseyera un objeto mágico y entrara, al colocarlo en su muñeca, en el club de los que eran dueños de su tiempo. Lo quería y lo obtuvo. Tenía siete años y para su comunión solo pidió un regalo: ese reloj. Al decir verdad, jamás lo usó. Era más bien una especie de talismán que guardaba, como si de un tesoro fuera, en la misma caja que vino. Una caja de terciopelo negro, con letras doradas y un forro de seda púrpura que hacía lucir más aún el reloj de su vida. Por eso, cuando cincuenta años más tarde se acercó a una tienda de empeños para obtener algún dinero con el que poder comer al menos una semana más, sintió que cambiaba a un viejo amigo por veinte monedas de plata. Solo que a él le dieron treinta euros; treinta miserables euros por el sueño de su infancia, por cincuenta años de su vida mirando, que no usando, ese mismo reloj cada día para poder recordar aquel otro en el que, de verdad, sintió que el futuro sería para él como ese reloj: hermoso y brillante. Solo es cuestión de tiempo, se decía cada día. Treinta euros; dos billetes que arrugaba en su mano, estrujándolos con ira. Treinta euros. Serían bastante. Se acercó a un ferretería, compró un rollo de cuerda de cáñamo, compró un billete guagua para el pueblo donde sabía que habían unas hermosas higueras centenarias y el resto del dinero se le dio al primer mendigo que se acercó a pedirle. Solo deseaba que su caja fuera, al menos, tan hermosa como en la que, durante toda su vida, guardó con mimo su reloj.