jueves, 2 de febrero de 2017

La huérfana.



                   Cuando le preguntaban de pequeña a quien prefería, si a papá o a mamá, ella nunca dudó. Cómo hacerlo, si el recuerdo que tenía de su padre era el de un señor que nunca se afeitaba, que olía siempre a alcohol, sudor y tabaco, y que el día de su quinto cumpleaños no apareció por su fiesta ni para la típica foto partiendo la tarta con su madre y ella. De hecho, ese día no apareció más por su casa y lo único que supo de él entre ese momento y la noche en la que murió fue alguna postal por Navidad en los años siguientes y un regalo de Reyes que le llegó dos meses después, con el papel que lo envolvía algo desteñido y roto por las esquinas, y la caja ajada y sucia. Por eso, cada vez que oía llorar a su madre, a solas, por la noche, ella enterraba la cabeza en la almohada tratando de no escucharla y pidiéndole a Dios que la mentira que contaba en el cole cuando le preguntaban por su papá se hiciera pronto verdad y ella dejara de ser una niña a la que su padre abandonó para ser una orgullosa y feliz huérfana.

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