lunes, 13 de febrero de 2017

Pablito, amores y desamores.



                      Las historias de amor son sencillas, ocurren sin que nos demos cuenta, es como encender la luz cuando llegas a casa, algo que haces por instinto,  Pablito. Somos nosotros, las personas, las que las complicamos. Mi padre, ese señor enorme que me intimidaba con su sola presencia, calló durante un momento después de hacerme esa reflexión mientras cargaba su pipa. Mi padre fumaba en pipa y siempre que iba a decir algo que  creía importante la encendía con toda la parsimonia del mundo. Era como un ritual para él. Después, entre una nube de humo azulado y oloroso, me dijo: Lo que es difícil, Pablito, es el desamor. Bueno, no el desamor en sí, sino aprender a gestionar sus heridas. No me entiendes, ¿verdad?, -me dijo mientras me revolvía el pelo con sus manos inmensas- es normal. Pero ya verás cómo, cuando esto te ocurra, cuando te enamores de una chica hermosa y te rompan el corazón por primera vez, recordarás mis palabras. Mi padre no era dado a hablar de estas cosas pero mi madre, que estaba escuchando detrás de la puerta, le había insistido en que yo ya era un hombrecito y que debería explicarme lo de las relaciones con las chicas y todo lo que las rodeaba. Aquello era lo más cercano a una charla sobre amor y sexo que mi padre, grande, serio, anticuado y envuelto en ese humo azul que olía tan bien, era capaz de darme. Mientras, yo, en silencio, estrujándome las manos debajo de la mesa, me preguntaba si ese consejo servía solo para cuando una chica te rompía el corazón o también para cuando lo hacía un chico guapísimo, pelirrojo, pecoso y de ojos color miel.