miércoles, 22 de febrero de 2017

Pitágoras y el parque.



                  Cuando estudió filosofía leyó que, según Pitágoras, el cuerpo era solo el envoltorio del alma y que la esencia del ser humano era precisamente esta última.  Hoy, cuarenta años más tarde, al mirarse desnudo en el espejo mientras se seca después de la ducha, no puede evitar pensar que, al menos su cuerpo, era simplemente un envoltorio vacío y deshecho, como un viejo edificio que una vez tuvo un aspecto magnificente y estuvo lleno de inquilinos y de vida y hoy era solo eso, una ruina que esperaba, a veces con ansia, la visita del arquitecto que tome la decisión de derruirlo y edificar encima de sus ruinas algo mejor, más bello y más útil. Mientras pasa la toalla por su cuerpo, marcado por la vida y por las batallas que libró en ella, sonríe pensando en que, tal vez, sobre esas ruinas habrá un día un hermoso parque, donde los niños jueguen, los amantes graben en la corteza de sus árboles sus nombres dentro de un corazón y donde, en las noches de luna inmensa y brillante, algún loco se siente, lleno de angustia y dolor, a escribir ese poema que jamás dejará que nadie lea.

1 comentario:

La bailarina descalza dijo...

El cuerpo tiene memoria, decía Stanislavski. Todo lo que se ha sentido y vivido, fluirá hecho arte. Ese poema lleva escrito desde hace mucho tiempo. Muchos querrán leerlo. Las ruinas surgen porque existen buenas condiciones para que nazca otra obra más perfecta. Ocurre que, en un principio, con el dolor del derrumbe no se entiende lo sucedido. Me identifico con este relato.