miércoles, 8 de febrero de 2017

Póker ciego.



                Ambos sabían que jugaban a un juego peligroso, pero los dos hacían como que no se enteraban de lo que estaba pasando. Al principio todo era un simple coqueteo. Coquetear no era pecado, ¿verdad? Además, ¿quién no quiere sentir ese subidón que da el jugar al sí, pero no...? Tranquilo, yo controlo, se decía mientras se miraba al espejo acicalándose más de lo que solía. No pasa nada, es solo un juego, se decía a sí misma mientras miraba al techo de su dormitorio como si de una pantalla gigante de cine se tratara y viera en ella sus pensamientos más secretos. Ambos se equivocaban, pero eso nunca lo sabrían hasta que uno de los dos diera el primer paso y descubriera esa última carta de la mano de póker que, queriéndolo o no, conscientes o no, jugaban desde que se conocieron.