sábado, 18 de marzo de 2017

La tortilla de papas.


                          Ojalá fuera Navidad. Ojalá fuera Navidad y sonara el timbre de la puerta y, al abrirla, aparecieran mis hijas. Manolo batía los huevos de la tortilla de papas que iba a hacer. Siempre que estaba triste la hacía. Era el plato preferido de sus hijas. Una tortilla de papas grande, hecha con cariño y con su receta secreta que a todos enamoraba cuando la probaban. ¡Ojalá fuera Navidad, carajo! En la sartén se freían las papas en un aceite aromatizado previamente con ajos y unas puntas de guindillas, solo dos, lo justo para dar un poco de sabor sin que estropeara el plato con el picante. Él, mientras, cortaba el perejil de su propia cosecha muy finito, sin desechar los tallos. Solo los buenos cocineros saben que los tallos del perejil dan un dulzor especial. En la radio, entre entrevista y entrevista, un nuevo anuncio de colonia, ropa, relojes o almohadones lumbares  recordaba continuamente que mañana era el día del padre. ¡Mierda, ya me corté! La sangre se mezclaba con algunos trocitos de perejil. No era propio de él, pero llevaba unos días despistado, como ausente, con la cabeza en otra cosa. El dedo le latía debajo de la tirita. Tal vez sea lo único que me lata todavía, pensaba mientras daba vuelta a la tortilla. La tortilla, por fin, estaba hecha. Grande, redonda, hermosa, humeante, desprendiendo un aroma tan apetitoso que llenaba cada rincón de la casa. Una tortilla para cuatro y un solo servicio en la mesa. ¡Ojala que fuera Navidad! Volvió a pensar Manolo, mientras partía una porción pequeña de la tortilla y, con los ojos algo turbios, se la empezó a comer con el amargo sabor de los recuerdos tristes en la boca mientras miraba el teléfono sabiendo que en cualquier momento sonaría una llamada o un wassup de sus tres niñas con un mensaje de felicitación y que él tendría que disimularlo todo. Hasta el dolor del corte en la punta de su dedo. Ojalá que fuera Navidad...

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