miércoles, 22 de marzo de 2017

Naufragios.



                 Él tenía cincuenta años, ella acababa de cumplir los cuarenta. Ambos se enamoraron como adolescentes, con ese amor febril, hermoso y falso. Él necesitaba oír de otros labios que era el gran amante que creía ser, pero sobre todo, necesitaba volver a despertar en otra persona la admiración que su falsa modestia le impedía reconocer que ansiaba recibir. Ella solo buscaba sentirse mujer, deseada y viva, vibrar con el sexo, sentir que su piel volvía a erizarse con la más mínima caricia por leve que esta fuera, volver a ruborizarse con esa mirada profunda, de fuego, que encendía sus entrañas cuando clavaba sus pupilas en las de ella, esa mirada que él tan bien dominaba, o que le salía instintivamente, realmente jamás lo tuvo claro. Los dos eran dos barcos huyendo de una tormenta que se dirigían hacia un iceberg a toda máquina. Era inevitable el naufragio. A veces, en la playa de la memoria, el mar del recuerdo lleva algún tablón medio podrido, algún salvavidas desvaído, alguna libreta con versos de amor jamás entregada. Menos mal que el mar, al subir, a veces vuelve a llevarse lo que antes acercó a la orilla.

4 comentarios:

Rosy Robayna dijo...

Creo que lo voy a leer más de una vez. No le falta detalle

Guillermo ROBAINA dijo...

Chapeau!

tercerolasvegas dijo...

Exquisito...sencillo y real. Eres un crack. Besotes

A. Quintana dijo...

Un naufragio compartido es una soledad habitada. Nunca estarás,pues, solo