lunes, 27 de marzo de 2017

Samarkanda.



                        Mañana. Siempre estaba el mañana. Todo lo podíamos dejar para mañana y seguir haciendo planes, absurdos a veces, planes que sabíamos que jamás realizaríamos pero que nos divertía hacer. Siempre para mañana. Y hoy, de golpe, me he quedado sin mañana, amor. Pero no debes entristecerte. En el fondo las cosas seguirán igual: amanecerá a diario, cuando llueva te seguirás mojando porque seguirás perdiendo los paraguas en los sitios más inverosímiles y seguirás olvidándote de cosas que parecen importantes pero que, cuando mañana es hoy, ya no lo son tanto. Seguirás tomándote el café casi frío y podrías alimentarte de sándwiches toda la vida. Hoy, cuando ya no existe en mi vida el adverbio "mañana", me doy cuenta de que jamás te he demostrado lo importante que eres en mi vida. Tal vez porque siempre dejé para mañana ese gesto amable, la caricia espontánea, el "te quiero" a cualquier hora o, simplemente, volver a salir a ver cómo se llena el campo de flores en primavera. Nunca pensé que llegaría tan pronto, pero ya veo las puertas de la Samarkanda del cuento de Farid al-Din Attär. De verdad, no te preocupes. Al fin y al cabo, amor, un desierto no deja de serlo porque le falte un grano de arena.

1 comentario:

Rosy Robayna dijo...

Nunca será lo mismo, ese símil con la arena es perfecto pero las despedidas, el adiós para siempre, o nunca, sabemos que es otra cosa.