martes, 4 de abril de 2017

Adrián y Ana.

                  

                  Empezamos a odiarnos de la manera más simple y natural posible: azotando al otro con el látigo de la indiferencia. Dejó de importarte lo que yo decía, hacía o sentía, y por mi parte, me empezó a dar igual qué tal habías pasado el día, si habías comido o no o si llegabas a una hora u a otra. De hecho, casi prefería que llegaras más tarde; menos tiempo que tenía que soportarte. Luego, los roces incómodos del principio se convirtieron en verdaderas batallas de una guerra que, por necesidad, tú y yo acabaríamos perdiendo. Después empezaron las putaditas: yo gastaba toda el agua caliente justo antes de que te fueras a duchar y tú llegabas con tus amigotes cuando sabías que yo estaba peor vestida o sin maquillar. Una mañana la cosa explotó, y cuando te gritaba porque jamás me ayudabas en casa, te hiciste el machito y, como siempre, empezaste a desmontar las hojas de la ventana del salón para hacer que la ibas a limpiar e irte luego con la excusa de una cita de negocios que habías olvidado, dejándolas a medias para que yo terminara de limpiarlas y las colocara. No era la primera vez que me lo hacías aprovechándote de que tengo un vértigo patológico y que, por tanto, estarían así, apoyadas en la pared del salón, hasta que a tí te diera la gana de colocarlas de nuevo. 
               Me di cuenta de tu jugada cuando vi en tu cara, reflejada en el cristal de la ventana, esa sonrisa estúpida que pones cada vez que tramas una cabronada. Por eso no me viste acercarme ni te esperabas el empujón que te di. Lo primero que oí fue el ruido de los cristales de la ventana al romperse; luego, el ruido sordo de tu cuerpo fofo al reventarse contra la entrada del edificio. Te lo dije, Adrián. Te lo dije cuando aún no éramos enemigos y no nos odiábamos: era un disparate desmontar esa ventana tan pesada en un piso once. Te aventuré que cualquier día te ibas a caer y me dejarías viuda. Sin embargo, jamás te avisé de que puede que te empujase yo. Ahora tengo que calmarme y poner cara de sorpresa y de dolor para cuando venga la policía. Esas aceitunas picantes tuyas me ayudarán. Sí, esas que comprabas a pesar de mi úlcera, fingiendo que lo hacías por despiste y no para putearme. Ya noto cómo la acidez y el dolor me corroen. Qué bien, justo a tiempo: la policía está tocando en la puerta y yo no puedo evitar que las lágrimas por este dolor de estómago que me está matando aneguen mis ojos; ya parezco la perfecta viuda.

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