miércoles, 19 de abril de 2017

La razón.



              Se veían a diario y él soñaba despierto con desnudarla lentamente y acariciar su cuerpo, rozándolo apenas, hasta hacerla gemir y retorcerse de deseo. Se preguntaba a qué sabría su piel, cómo olería su cuello y se desesperaba por saborear su lengua. Ansiaba abandonarse entre sus brazos y sentir sus pechos, rotundos, rozarle erizados el suyo. Pero cada vez que estaba a punto de ceder ante el deseo, la razón le advertía de que muchos sueños acababan en pesadilla. Por eso, a pesar de que cuando se acercaban tanto que sentía el olor de su boca o que notaba el calor de su cuerpo a través de la ropa, el miedo a que todo quedara en otro fracaso, uno más en su vida, hacía que se alejara lo antes posible con cualquier excusa estúpida dejándola con la rabia y la frustración de ser rechazada de nuevo, aunque fuera sutilmente, y quedándose él con la sensación de que, a lo mejor, un poco de locura puede que no fuera tan mala.

1 comentario:

A. Quintana dijo...

....y la experiencia nos dice que en situaciones similares,la locura esporádica no da malos resultados.