viernes, 7 de abril de 2017

Marina y Carlos.

  
                       Se ven cada mañana en el desayuno. Entre el café con leche, el zumo y las tostadas se cuentan cómo han pasado la noche mientras que sus ojos se iluminan con un amor incontenible, adolescente e ilusionado. Mientras pasean por el parquecito cogidos de las mano hablan de sus planes, de sus temores y, escondidos detrás de un roble, se dan un beso casi furtivo después de cada vuelta. Llevan sesenta años casados pero cuando se miran a los ojos, Marina solo ve al joven que la conquistó y Carlos solo puede ver a esa chica tímida de la que se enamoró cuando ninguno de los dos tenía el rostro con arrugas y el corazón destrozado. Solo en esos momentos se olvidan de que ya no viven en su casa sino en esa fea residencia donde los obligan a dormir en pisos diferentes

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