martes, 23 de mayo de 2017

El amor de la infancia.



            Estuvieron casados poco menos de medio año, aunque al mes y medio de estarlo ya se habían separado. Apenas tenían dieciocho años cuando lo hicieron. Ella había sido su "novia" desde primaria y al poco de ser mayores de edad acudieron al juzgado con dos amigos como testigos. A la vuelta de la luna de miel se les vino la realidad encima de golpe. Él descubrió que no estaba hecho para despertar cada mañana de su vida al lado de la misma mujer; ella, que no existían príncipes azules sino personas que eructaban, vomitaban después de una borrachera y que jamás usaba la escobilla del váter. El amor se les acabó apenas estrenado; su matrimonio duró casi medio año más. Cosas de la ley. Hoy la vio desde su despacho. Era la nueva chica de la limpieza en la oficina. Estaba gorda, y las manos las tenía rojas y estropeadas. La observó trabajar durante media hora. Se movía de acá para allá con unos auriculares puestos, ajena a todo, limpiando mesas y vaciando papeleras y sin apartar la mirada de lo que hacía cuando devolvía el saludo de los empleados que se iban marchando. Solo quedaban los dos en la oficina, Pedro sacó de su cartera una fotografía con los bordes desgastados. Eran ellos dos en su luna de miel. Sonreían en lo que parecía la más absoluta felicidad a la cámara que manejaba un camarero del hotel donde se alojaron. Ella estaba bellísima; él, borracho, pero la agarraba como si temiera que alguien se la pudiera arrebatar. Lentamente rompió la foto en mil pedazos, la tiró a la papelera y, apagando la luz, salió lo más discretamente posible. No se encontraron en el camino al ascensor. Esa noche él volvió a beber hasta perder el conocimiento y ella le hizo la cena a sus tres hijos mientras miraba por internet que su ex-marido, el segundo, tampoco había ingresado la pensión ese mes. La vida continuaba su curso entre lágrimas y decepciones.

2 comentarios:

Rosy Robayna dijo...

Pura realidad. Idealizar a alguien, porque eso de la falta de madurez no sé yo, es muy peligroso.

Jesús Chamali dijo...

Efectivamente, Rosy, las personas somos como somos, con nuestras virtudes -a veces escasas- y nuestros defectos -por lo general, numerosos- e idealizar a alguien, ver solo sus virtudes y, además, magnificadas, solo nos lleva al dolor y al desatre.
Gracias por ser una de las lectoras más fieles de mis blog.