martes, 16 de mayo de 2017

Sara.



            Todas sus mañanas eran iguales: preparaba el desayuno a los niños, los llevaba al colegio y luego se quedaba sentada en la cocina de su casa, a solas, mirando la pared de enfrente mientras desde el salón se escuchaba, bajito, un magazine de esos mañaneros, donde lo mismo se hablaba del último crimen mediático o se despellejaba a la familia de algún famosillo. Así día tras día, mes tras mes, de primavera a invierno. Al medio día preparaba el almuerzo para Juan. Los lunes y miércoles, pollo; martes y jueves pasta o arroz; los viernes siempre pescado; los sábados pizza y el domingo llamaban a algún restaurante chino que trajera comida a casa.  Algún día Juan llegaba con ganas de postre extra y la follaba, poco y mal, encima del sofá o apoyada en la mesa del salón. Sin quitarse la ropa. Apenas con las bragas bajadas y él con el pantalón y los calzoncillos por las rodillas. Después, sentado en ese mismo sofá, mientras se limpiaba con las servilletas del almuerzo, le pedía un cafecito cargado, porque ya sabes, cari, que después de follarte siempre me da sueño. Y ella le preparaba ese café mientras apenas contenía sus lágrimas de dolor e impotencia y se preguntaba, mientras sentía sus bragas húmedas con su semen, qué había pasado con su vida. Cuándo había cambiado ese Juan amoroso que se preocupaba por ella y que le hizo sentirse una reina -¿eso fue cierto alguna vez o se lo había imaginado?- y se había convertido en ese tipo con las uñas sucias, barrigón y calvo que dormitaba en el sillón esperando ese café de después del polvo.

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