miércoles, 17 de mayo de 2017

Susana.



                     Tenía unos pechos grandes, de esos que se bambolean con el mismo ritmo de su andar. También tenía una cara bonita, con unos ojos grandes y almendrados, y sus manos eran tan delicadas que parecían más de una madonna italiana que de una mujer de carne y hueso. Claro que nadie se fijaba en eso. En lo que se fijaban todos era en ese bamboleo sensual, casi pornográfico de sus enormes pechos. Los hombres -y algunas mujeres- lo hacían con la mirada lúbrica que nace de un deseo casi incontenible. Otras lo hacían con una mezcla de envidia y asco. Ella disfrutaba tanto de unas como de otras y, mientras se sentaba en una terraza para tomar un café, con las piernas cruzadas para lucirlas mejor y con la miradas de todos los que pasaban por allí clavadas en la rotundidad de sus pechos, pensaba en cómo era su vida cuando era culirasa, pechiplana y con una nariz ancha y chata que ocupaba casi toda su cara. ¿Cuántos de los que babeaban por ella la hubieran mirado entonces? ¿Cuántas de las que hoy la envidiaban y celaban lo hubieran hecho en esas época? Y mientras el camarero le decía que aquel caballero la había invitado, ella sonreía, se ajustaba el escote para que marcara más aún sus pechos e inclinaba la cabeza graciosamente para agradecer el detalle mientras calculaba la fortuna y el estado civil del sujeto. Esperaba que fuera rico y casado. Los solteros, por mucho dinero que tuvieran, no le interesaban. Daban muchos problemas. Y los pelados, como decían en su pueblo, le interesaban menos por muy guapos que estos fueran. Casado y rico, esa era la combinación ideal para ella y aquel tipo parecía tener las dos condiciones así que, con un leve gesto de su mano, lo invitó a compartir mesa mientras pedía otro café al camarero, encendía un cigarrillo, y ,con disimulo, se rozaba los pezones para que se endurecieran y marcaran más aún su busto.

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