martes, 13 de junio de 2017

El portazo.



                         El ruido de la puerta de su casa cerrándose de golpe detrás de él le acompañó toda esa primera noche que durmió en su coche. Bueno, lo de dormir  era un eufemismo. En realidad se la pasó intentando comprender qué había pasado entre ellos, por qué esta bronca fue más importante que las anteriores, por qué ese odio que, de repente, había usurpado el cariño y el amor que se tenían. Porque de eso estaba seguro: entre ellos hubo mucho amor. ¿Y entonces, qué fue de él? No lograba ninguna respuesta. Solo el ruido seco de la puerta al cerrarse de golpe cuando él salía. Un golpe que era como un disparo que acabase, de pronto, con trece años de amor. Amanecía cuando, tras una noche de vueltas y revueltas en su coche, se quedó dormido. Lo suficiente como para que el ruido de unos nudillos en el cristal del coche lo sobresaltaran. Cuando abrió los ojos solo distinguió una figura enorme que le tapaba todo. Bueno, todo no, casi; porque el destello de las luces rojas y azules que salía del otro coche a su lado no había manera de taparlo. Al principio no entendía nada de lo que le decían. Estaba medio dormido y aquel policía no dejaba de repetirle que abriera la ventanilla pero lentamente y con las manos a la vista. Luego lo sacaron entre otros dos por esa misma ventanilla. Vale, ya sabía que dormir en un pequeño opel corsa en una de las calles de Ciudad Jardín no estaba bien, pero aquello le parecía excesivo. En comisaría le dijeron que su mujer había aparecido muerta en el salón de su casa, en medio de un gran charco de sangre, con la cabeza reventada por un tiro. Él les dijo la verdad, que no recordaba nada, que habían discutido y que ella, porque fue ella, que quede claro,  cerró la puerta de la casa dando un portazo, y que ese golpe seco y fuerte como un tiro no se le iba de la cabeza, que de allí se fue a dormir a su coche y que no, que no tenía explicación para la escopeta de caza que estaba en su portabultos con el cañón apestando a pólvora y con un cartucho menos en la recámara. Tampoco tenía explicación de la sangre que manchaba la suelas de sus zapatos y el bajo de sus pantalones. Él solo recordaba ese portazo que ella dio, -les juro que fue ella, de verdad- y que aún restallaba en su cabeza como si de un tiro de escopeta se tratara.

1 comentario:

A. Quintana dijo...

No parece sea una investigación difícil de resolver. Siempre que no aparezcan las armas secretas de un laboratorio psiquiátrico