jueves, 22 de junio de 2017

Helado de limón. (5ª parte)



                 Desde el sillón me mirabas con la copa casi acabada en la mano. No sé qué esperabas que hiciera; que empezara a dar gritos como una loca y a romperlo todo, que hiciera el equipaje -el tuyo, por supuesto- para quedarme a solas y castigarte en el mismo acto o que me fuera hacia tí y empezara a abofetearte. La verdad es que todo eso se me pasó por la cabeza pero al final me senté frente a ti con la foto aún en la mano y te pedí una copa. Necesitaba beber algo, y que fuera fuerte. Más fuerte que la ira que notaba crecer en mi pecho. Fuiste a darme la copa en la mano, pero al ver que no soltaba la foto la dejaste frente a mí. La bebí casi de un tirón. Entró como agua, pero al poco me empezó a quemar en las tripas. ¿Qué diablos me habías puesto? Miré hacía la barra de la cocina. Vodka, claro. Siempre bebes vodka cuando estás histérico. ¿Y bien?, pregunté. Empezaste a balbucear que lo sentías mucho, que había sido un error, que solo había sido una vez, que no sabías en qué pensabas. ¡Qué patético te veías! Espero que no te creyeras la sarta de mentiras que me estabas diciendo. Yo, desde luego, no lo hacía. No sé si fue el vodka, la rabia sorda o que, de repente me di cuenta de lo estúpido que te veías, con los slips ajustados, la camiseta manchada de pizza, el rostro enrojecido, el pelo alocado  y la copa temblorosa entre tus manos, pero de golpe me sentí tranquila y relajada, como si estuviera viendo un vodevil o siendo espectadora de un melodrama ajeno a mí. Te hice un gesto para que me sirvieras otra copa y mientras lo hacía no dejé de fijarme en ti. Es como si te viera por primera vez. Me pregunté qué diablos había visto en ti para haber pasado tantos años a tu lado. Sobre todo, me pregunté qué diablos habría visto ella para irse a la cama contigo. Por el sexo desde luego que no. Eras de lo más aburrido en ese campo. ¿Entonces? ¿Por qué había estado los últimos treinta años contigo? Y sobre todo, ¿por qué se había encamado contigo una mujer que con chasquear los dedos tendría a cualquier hombre y a muchas mujeres a sus pies. No lograba entenderlo.
(Continuará)

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