martes, 27 de junio de 2017

Helado de limón. (Parte final).



             De repente me di cuenta de que lo que nos había mantenido unidos estos últimos años no había sido tanto el amor como una terrible pereza que no nos dejaba pensar y actuar. Como quien despierta de una siesta demasiado larga, estaba de mal humor pero decidida a no seguir durmiendo, dejé que trataras de explicar aquella situación. Tal vez hasta sea divertido, pensé. Total, yo ya había tomado mi decisión y solo quería saber si al final te comportarías como un hombre y reconocerías la verdad o tratarías de liarme y mentirme otra vez. Te estrujabas las manos cuando me dijiste que sí, que era verdad, que habías tenido un lío con tu jefa, pero que había sido solo una vez y aunque era cierto que el tonteo duró dos o tres meses, aquella era la única vez que se habían acostado. Yo te miraba a la cara tratando de leer en ella si mentías. Tú mantenías los ojos bajos y seguías estrujándote  las manos y sudando como si fueras un pollo ensartado en una brocheta de asador. 
               No sé bien qué me estabas jurando cuando mi pregunta, seca, restalló como un latigazo. Hasta a mí me sonó como un disparo en la noche. ¿Por qué? -te pregunté- ¿qué había cambiado para que hubieras tirado todo nuestro pasado y todo nuestro futuro por la borda? ¿Qué te hacía ella que no pudieras pedirme a mí? ¿Tan buena es en la cama? Tuviste el buen tino de no contestarme a eso último. Contestaras en un sentido o en otro hubiera sido tu perdición. Solo me dijiste que yo había cambiado mucho en estos últimos años. ¡Como si tú no!, pensé. Que cuando me conociste era como un exquisito y dulce helado de nueces de macadamia, de los de Häagen-Dazs, pero que con el tiempo me había convertido en un agridulce helado de limón de los de marca blanca de Mercadona, de esos que te dejaba la cara como la de un chino cuando lo comías, con la comisura de la boca hacia abajo y los ojos entrecerrados por lo agrio del limón. ¿Y ella? te pregunté. Ella había sido una granizada de fresa, que refrescaba pero al final era más el hielo que el sabor. Estuvimos en silencio mucho tiempo. Yo te miraba y tú fumabas y bebías como un condenado a muerte en espera de su ejecución. Conque un helado de limón, te dije. Por primera vez levantaste la cabeza para decirme que sí, cremoso pero agridulce, terminaste por decir.
               ¿Y ahora, qué? ¿Cómo sé yo que no seguirás comiendo otros sabores de helados por ahí? ¿Cómo sé que no te has quedado enganchado al de nueces de macadamia de Häagen-Dazs? Querida -me dijiste- mi jefa es una depredadora. Se encaprichó de mí, me persiguió y me consiguió, y justo después de ese día, perdió todo interés en mí. La foto la guardé para acordarme siempre de la estupidez que hice. Nos miramos un buen rato a los ojos. Fui yo la que rompió en mil pedazos la foto y la que pasó la página del álbum. Noté cómo suspiraste con alivio cuando comenté lo horrorosa que estaba tu prima Marta en esa foto de la primera comunión de Carlitos. Nunca más volvimos a sacar este tema, pero sé que a menudo te preguntas la razón de que no te hubiera hecho pagar con sangre aquel desliz. Yo también pero, al fin y al cabo, ¿quién no tiene algún cadáver guardado en el armario? Además, sinceramente, yo también odio el helado de limón.

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