lunes, 23 de enero de 2017

La nana.



                        Miraba a sus dos hijos con una mezcla de miedo, pena y ternura. Estaba convencida de que el mundo se encaminaba a una guerra terrible. Locos en el poder e inútiles tratando de conseguirlo, ese era para ella el panorama en el que tenían que vivir y eso la deprimía cada día más. No podía evitar preguntarse qué podía hacer ella para solucionarlo. El deber de los padres, se decía a diario, era proteger a los hijos de cualquier mal a cualquier precio y en su mente se repetían una vez tras otra las historias que su madre le contaba, cuando ella era una niña, sobre la guerra en los Balcanes. Lo terrible que había sido para todos, para los caídos y para los supervivientes. O cómo había tenido que salir huyendo de su propio país, destrozado y en llamas, rodeada de muertos anónimos que poco antes habían sido sus vecinos o su familia, para poder salvar su vida. No soportaba la idea de que sus hijos pudieran vivir algo así. La leche caliente de esa noche les supo a los gemelos un poco rara, pero el cariño en los ojos de su madre endulzó aquel leve amargor. Fue lo último que los niños recordaron antes de morir. Ella, tranquila, se sentó a velarlos con el sentimiento del deber cumplido: sus hijos no morirían en una guerra terrible ni sufrirían sus consecuencias. Por eso no entendía el revuelo que se había armado cuando su marido llegó del trabajo y los vio acostados, fríos y agarrotados mientras ella, con los ojos cerrados, les cantaba esa última nana.

jueves, 19 de enero de 2017

Caramelos de nata.



                 La última vez que se vieron fue en la alberca del pueblo. Tenía poco más de diez años y estaba de vacaciones en casa de los abuelos. Él le había regalado un caramelo de nata y ella le correspondió con un beso pegajoso en la mejilla. Ese mismo día su padre murió en un accidente de trabajo y una semana más tarde su madre se lo llevó a la ciudad. En los años siguientes se echó novia, se casó, tuvo dos hijas y se divorció, pero jamás volvió al pueblo. De ella solo recordaba su nombre, sus ojos azules, el sonido de su risa, que le gustaban los caramelos de nata y, de vez en cuando, la húmeda sensación de que ese último beso seguía aún, pringoso, en su mejilla. Ella recordaba de él los hoyuelos que se le formaban al sonreír, las canciones que tarareaban juntos, la tibieza de sus manos y el rubor que le dio cuando le besó en la cara el día en el que su padre murió. Ninguno de los dos volvió a comer jamás aquellos caramelos de nata. Ambos seguían soñando con encontrarse algún día y darse un atracón de ellos juntos, cogidos de la mano y sentados en silencio en la piedra de los enamorados, la que estaba junto a la alberca del pueblo donde ella le dio ese beso lleno de amor y azúcar.

martes, 17 de enero de 2017

Cosas que no puedo hacer.


              No puedo correr una maratón; ni creo que pueda nunca. Tampoco viajar al espacio, ¡y eso que siempre parezco estar en las nubes! No puedo ir a los Estados Unidos ni visitar Disneylandia, pero tampoco estoy seguro de  querer hacerlo. No puedo entender las películas de Bergman o los versos de Shakespeare a pesar de haberlo intentado durante toda mi vida. No puedo dejar de sentirme culpable por casi todo. ¿Qué quieren que les digan? Herencia de una familia tradicional católica y de ese código genético semítico que llevo en la sangre. No puedo dejar de enamorarme de todo lo que es hermoso. ¿Pero es que alguien puede? No deja de asombrarme que cuando un hombre parece que alcanza la mayor cota de estupidez posible, otro hombre va  y lo supera. No puedo dejar de sentirme solo. Pero lo cierto es que tampoco me molesta esa sensación. No puedo dejar de soñar, aunque mis sueños sean de a céntimo la docena. No puedo dejar de pensar, y eso que sé que el que no piensa tanto es más feliz, pues ni aún así. No puedo dejar de inventarme otras vidas y luego contar esas historias. Supongo que en fondo todos necesitamos un punto de fuga ante tanta locura.

lunes, 16 de enero de 2017

El Chato y Ruso.



                  En mi barrio no se vive ni bien ni mal; en mi barrio se sobrevive y unos lo hacemos mejor que otros. Allí hay gente a la que no se las conoce por el nombre que sus padres les impusieron sino por los que la vida les fue dando. En mi barrio, (y salvo que vivas en Ciudad Jardín, en el tuyo también) hay alguien al que llaman el Negro, el Chino, el Chato, el Pelúo o el Boliche. El Chato de mi barrio es un hombre mayor, aunque no creo que nadie pueda calcular su edad ni que él mismo la sepa. El pelo descuidado y sucio, la cara resoleada, la ropa tres tallas mayor que la que debiera usar y un cuerpo tan desgarbado, que más que caminar va arrastrando su miseria con él, tampoco ayudan mucho a ello. El Chato y yo no somos amigos; no tenemos nada en común salvo vivir en el mismo barrio. No tiene dónde caerse muerto porque sus únicas propiedades son su persona, la ropa que lleva, sus piojos y el Ruso, su perrillo, un mil leches pulgoso que lo sigue a todas partes y que escucha atento todas sus historias cuando están sentados junto a la tapia del cementerio, el Chato bebiendo para matar el frío o para enterrar a sus fantasmas y el Ruso royendo cualquier hueso maloliente cogido de la basura de algún local de comidas. Hoy me he tropezado con el Chato a la salida del mercado. Estaba sentado donde siempre, a la sombra del edificio, con los ojos rojos y la cabeza entre las manos. Nunca me había fijado en sus manos. Eran grandes y con unas uñas con mugre añeja. Sin embargo, el Chato no contestó mi saludo. En mi barrio todos nos saludamos, seamos de los que sobrevivimos mejor o peor. Esa regla siempre se cumple y el Chato, además, era un relaciones públicas profesional; de eso conseguía el vino que le servía para tener siempre el alma algodonada y los sentidos entumecidos.  Cuando me iba me soltó como quien dice algo que le ahogaba que el Ruso se le había muerto. No levantó la cabeza para decirlo, apenas si alzó algo la voz; lo justo para ser audible. Me quedé parado sin saber qué hacer o decirle. Cómo se consuela a un hombre tan castigado por la suerte que solo olvidaba su existencia cuando se miraba en los ojos de un perro tan apaleado por la vida como él mismo.

viernes, 13 de enero de 2017

El conserje y la camarera.



                Lleva treinta y dos años en ese trabajo, pero la mayoría de los que pasan por delante de él no sabrían decir el color de su pelo o si lleva gafas o no. Para ellos solo es Rodríguez, el conserje. Y aun eso lo saben porque lo leen en la plaquita que lleva en el pecho. Se ha pasado la vida buscando a alguien que se pare a hablar con él un minuto al día aunque sea para hablar del tiempo. Penélope lleva veinte años sirviéndole el café y Rodríguez ni siquiera sabe su nombre ni se da cuenta de si está más gruesa o se ha cambiado el peinado. Para él es solo la camarera que le sirve un poco más de café o le pone la porción mayor de la tarta de queso. Jamás la reconocería en la guagua o en la cola de un supermercado a pesar de que ella le sirva ese café extra o le ponga más tarta de lo normal buscando que él levante los ojos del plato y le mire a la cara para poder sonreírle y decirle, por ejemplo, que hoy está haciendo más frío que ayer o que en este puente la lluvia iba a fastidiar a la gente. La vida está llena de camareras y conserjes anónimos que se buscan a ciegas sin encontrarse jamás.

jueves, 12 de enero de 2017

La lógica absurda de la felicidad.


                   Mi abuelo, Ben Al-Munir, era un pastor de camellos cuando los ingleses mandaban en mi tierra. Era un hombre rico. Tenía más de 70 camellos. Vivía en una cabaña de barro, grande, fresca en las horas de calor, cálida cuando hacía frío. Mi abuelo, Ben Al-Munir, era feliz. Tenía una gran familia: tres mujeres, 20 hijos, 74 nietos. Yo soy su nieto número 60. Mi padre, Kaled Ben Al-Munir, tenía tres barcas y se dedicaba a la pesca y a la búsqueda de perlas. En casa siempre tuvimos comida suficiente, pescado fresco, carne y leche de camella, dátiles, higos, y los niños, golosinas de trigo hervido y miel de palma. Todos éramos felices. Mi abuelo, Ben Al-Munir, murió tres años después de la proclamación de la independencia y de que nos convirtiéramos en el Emirato de Abu Dabi y de que el petróleo que guarda nuestro desierto nos cambiara la vida a todos. Hoy tengo en mis rodillas a mi primer hijo, Nahir Omar Ben Al-Munir. Él no será pescador ni camellero. Yo tampoco lo he sido. Compro oro, electrónica, y objetos de arte por todo el mundo y los distribuyo por los emiratos. Tengo una mujer y dos hijos y vivimos en una mansión rodeada de jardines, con una piscina enorme, a 100 metros de donde mi abuelo, Ben Al-Munir, criaba camellos y a poco más de un kilómetro de donde mi padre, Kaled ben Al-Munir, pescaba. Tengo cinco coches y en casa nos atienden media docena de empleados atentos a cualquier deseo mío, de mi mujer Saima o de mis hijos. Pero en noches como esta, cuando miro al cielo y veo las mismas estrellas que veían mi abuelo y mi padre, en mi corazón, en vez de esa alegría que les hacía cantar para nosotros los pequeños y bailar a nuestras madres y hermanas, siento un vacío tan grande que ni la mansión, ni los cinco coches, el jardín, la piscina o los seis sirvientes pueden llenar. Por eso, mi hijo, Nahir Omar Ben Al-Munir, jamás recordará haberme oído cantar riendo y batiendo palmas o a su madre bailando al son de nuestra música, con los pies descalzos, en la arena del desierto que vio nacer a mi clan. Será rico, tendrá estudios,  pero jamás sabrá disfrutar de esas cosas que no cotizan en bolsa, que no puedo comprar o vender, que no va a aprender en la universidad inglesa o americana a la que lo mandaré, y que hacían tan feliz a su abuelo o a su bisabuelo y que yo, su padre, añoro cuando miro al cielo estrellado o veo como Alá usa el viento para escribir su poesía en la arena del desierto.

miércoles, 11 de enero de 2017

El todoterreno.



                          Nadie debía saber la verdad. Esa frase, repetida hasta la saciedad por Lola, sonaba una y otra vez en mi cabeza. Nadie, ¿me oyes?, nadie. Pero qué diablos pasaría si, al final, esto se hiciera público, si trascendiera lo que hemos hecho. No dejaba de preguntármelo pero Lola insistía: sería nuestro final, ¿comprendes?, nuestro final. Es verdad que Lola es bastante tremendista y normalmente no le hubiera hecho mucho caso, pero algo me decía que, esta vez, tenía razón. ¿Cómo íbamos a permitir que esto fuera de aquí para allí en boca de nuestros vecinos y amigos? Seríamos los apestados, el hazmerreír de todos. No, es mejor lo que Lola ha ideado. Total, al fin y al cabo, después de este viernes, jamás nos volveremos a ver con ellos. Mejor que nadie se entere de nada. Y cuando lo sepan, si llegan a saberlo, ya no estaremos ni en la isla. Porque, a ver, qué ganaríamos con hacer público que como nadie nos financiaba el todoterreno con el que Lola se había encaprichado acudimos a un prestamista, que nunca pudimos hacer frente a la hipoteca que nos hizo sobre el piso por el dinero que nos dejó, más un montón de intereses que, según dijo, era como si se lo hubiéramos pagado por adelantado el primer año, y que, como pasado ese año no teníamos esa cantidad, antes de que lo subastara, se lo vendimos por 18.000 euros en efectivo. Con ese dinero podemos empezar una nueva vida en otro lado y nadie tiene por qué dudar que lo vendimos por 180.000.- euros. Total, un cero más o menos... ¡Ay, Lola, qué sería de mí sin ti!

martes, 10 de enero de 2017

El viejo camino.



                       Llovía tanto que parecía que, al fin, Dios había escuchado mis ruegos y había mandado un nuevo diluvio universal para limpiar el mundo de tanta mentira, de tanta hipocresía y basura. O tal vez lo había mandado para limpiar mis pecados, esos pecados que me llevan persiguiendo desde hace tantos años y que cada día que pasa me hundían más en la tristeza y el remordimiento. Subí el volumen de la radio del coche; no quería pensar más. Solo quería concentrarme en esa lluvia que caía tan fuerte que los limpiaparabrisas del coche no daban avío para quitarla. El parabrisas de mi coche parecía una pantalla de cine donde mi vida pasaba como una película en blanco y negro al ritmo de la lluvia. En mi vida había visto a un villano tan despreciable como lo era yo en esa película. Cómo odiaba a ese tipejo sin alma ni corazón, sin escrúpulos de ningún tipo, preocupado solo porque cada día que pasase su poder aumentara a costa de quien sea o de lo que sea. Los débiles eran la madera precisa para que ese tren no parara. La lluvia arreciaba con ganas. La carretera era apenas una sombra entre otras sombras. Me daba igual. La conocía de memoria. De hecho podría recorrerla con los ojos cerrados. Lo único que no reconocía era aquella voz que decía algo sobre un coche que había ido a demasiada velocidad por esa carretera sin luz a pesar de la lluvia y que se había salido en una curva para estrellarse contra un árbol. Esa voz... Debía ser algún locutor en la radio. En realidad no me importaba. Estaba demasiado cansado y, a pesar de que ya no oía la lluvia, prefería seguir así, con los ojos cerrados y aferrado al volante de mi coche.

lunes, 9 de enero de 2017

Los amantes.



                        La voz del otro lado del teléfono dijo que se llamaba Walter, que era amigo de Bea, que ella le había dado mi número y que era vidente. A mí todo aquello me sonaba a timo, aunque es cierto que hacía poco me habían presentado a Bea y que habíamos hecho buena amistad, pero la curiosidad me pudo y le dije que siguiera hablando. Me dijo que en una sesión de tarot con Bea mi destino se había interpuesto al de ella y que vio mi futuro tan claramente como podía ver ahora la calle a través de la ventanilla de su coche. Bea, mi amiga, es muy dada a augures, adivinos y todo lo que suene a esoterismo. Yo soy más bien escéptica con todo lo que no tiene una explicación lógica, pero reconozco que mi curiosidad iba en aumento. El supuesto vidente me dijo que estaba liada con un hombre casado y que su mujer se había enterado por casualidad de que yo era la amante de su esposo. Vaya; ahí me dio. ¿Cómo podía saber él esto si no se lo había dicho a nadie, ni a mis mejores amigas? Además, Juan era de lo más discreto. Por no saber, nunca me enteré ni del nombre de su mujer. Nos conocimos en un bar y fue un flechazo. Además, habíamos acordado que la nuestra era una relación solo sexual; sin ataduras ni preguntas. 
               El silencio en la línea duraba demasiado, así que, espoleada por una curiosidad cada vez mayor, le pedí que continuara. Walter, creo que así me dijo que se llamaba, me advirtió de que la mujer de mi amante estaba un poco loca y que esto la había enloquecido del todo, que había decidido matarme y que no era la primera vez que hacía algo parecido porque su marido era muy dado a caer en la infidelidad, pero que ella, de una u otra manera se acababa por enterar y siempre liquidaba de manera definitiva el problema. De repente sentí frío. La voz me dijo que había contratado a un profesional para solucionar este desagradable asunto y que si no andaba rápida, me quedaban apenas unos minutos de vida y se ofreció a ayudarme. Me dijo que me asomara a la ventana y que desde allí podría ver quien atentaría contra mi vida. Mi sentido común me decía que no le hiciera caso, que colgara el teléfono y llamara a la policía, pero a estas alturas mi sentido común era mucho menor que mi curiosidad, así que me asomé a la ventana. Mi madre siempre me lo decía: Carol, la curiosidad mató al gato; no seas tan curiosa. Mi madre tenía razón, Aunque ahora, tendida en el suelo de mi salón, con un disparo en el pecho y desangrándome, no sirviera de mucho reconocerlo. A lo lejos, mientras se apagaba la luz, podía escuchar la voz de Walter desde el teléfono caído junto a mí dándome las gracias por facilitarle el trabajo y desvelándome el nombre de la mujer de mi amante. Vaya, Bea. Mi querida y celosa amiga Bea. Bea, la del marido misterioso que siempre estaba trabajando cuando quedábamos todas en su casa. Por cierto, Carol -su voz era cada vez más débil- olvidé decirle que yo, aparte de vidente, también soluciono ciertos problemas digamos, desagradables. Uno ha de ganarse la vida como pueda y ya sabe usted lo complicado que es vivir en estos días. ¡Me lo va a decir a mí! -pensé- mientras mi corazón dejaba, poco a poco, de latir.

jueves, 5 de enero de 2017

Matices.



                   La mentira tiene las patas muy cortas. Eso me decía mi madre cada día. Qué equivocada estaba. Los que tienen poco recorrido son los malos mentirosos. Para mentir bien, como para hacer buena música, hay que ser un profesional, tener ciertas aptitudes, pero sobre todo, entrenar mucho a diario hasta dominar la técnica. Porque mentir es solo una técnica más; como hacer pastelitos de fresa. Mi madre se equivocaba, pero qué sabría ella de mentiras. Siempre dijo la verdad en su vida, y así le fue: mi padre nos abandonó cuando yo apenas cumplía los nueve años, las clientas - mi madre era costurera y hacía arreglos en casa- no le pagaban a menudo y al final, el banco acabó quedándose con nuestra casa. Pero ella presumía de no haber mentido nunca. Como todos los honestos por principios, resultó ser un poco estúpida. 
                 Yo, sin embargo, salí a mi padre. Mentir, para mí, nunca fue difícil y en poco tiempo logré dominar la técnica precisa para hacerlo bien. Me hice rico mintiendo. Tuve a casi todas las mujeres que deseé, y las que no se vinieron conmigo a la cama, ellas se lo perdieron. Mentir no estaba mal para mí ni tenía conflictos o remordimientos por hacerlo. ¿Por qué habría de tenerlos? ¿No nos mentían los políticos, los publicistas, los novelistas, los sacerdotes? Entonces no debía ser tan malo. Mi padre lo entendió enseguida. Yo también. La que estaba equivocada era mi madre, pobre tonta, trabajando como una mula para acabar sin nada; ni siquiera sin un techo donde guarecerse o una comida que calmara su hambre. Al menos yo dispongo de eso, y si enfermo me hospitalizan, hago deporte, leo, paseo con mi padre, y todo esto sin dar un palo al agua. Y al menos viviré igual los próximos quince años. Y todo por hacer grandes mentiras. Bueno, estafas agravadas las llamó el juez cuando me condenó a veinte años de prisión, pero eso, para mí, son solo matices.

miércoles, 4 de enero de 2017

El Zamora.


                     Mi padre me decía que estudiara para poder conseguir un buen trabajo, casarme, tener una familia y hacerme, por fin, un hombre. Yo quería ser futbolista. Se me daba bien. Era un gran portero y siempre que soñaba me veía defendiendo una portería y recogiendo el Zamora ante decenas de cámaras y periodistas. Pero mi padre me dijo que me fijara en él y que me dejase de tonterías. Mi padre era un hombre honrado, serio, cabal. Sacó adelante a una familia de seis hijos y a todos nos pudo dar estudios. ¿Cómo no hacerle caso? Lo enterramos hace cinco años. Justo una semana después de mi graduación en Derecho. ¡No sabes cuánto me alegro de ello! No sé cómo hubiera podido soportar ver a su hijo, abogado, serio, cabal como él, trabajando de abogado en un despacho en Triana por menos de trecientos euros al mes, esperando en la fila de la parroquia una pequeña compra que cada jueves me da Cáritas y dar de comer con ella a mi mujer y mis dos hijos mientras sigo soñando despierto con el portero que pude haber sido y el trofeo Zamora, que ya sé que jamás acariciarán mis manos.