martes, 28 de marzo de 2017

El heredero.

               

                    Siempre fue un borracho. Como su viejo. Y puede que como el padre de su viejo, pero a éste jamás lo conoció. Necesitaba más del alcohol que de la comida, del aire o, incluso, de una mujer. Tal vez por eso ninguna duraba mucho a su lado. La vida, sin esa media docena de bricks de vino, era algo doloroso e insoportable. No recordaba un solo día en el que no hubiera bebido. Ni de pequeño. Su viejo, que ojalá se estuviera pudriendo en el fondo del infierno,  en una caldera bien caliente, casi nunca llevaba comida a casa pero siempre se las apañaba para traer algo de beber y para darle, entre trago y trago, una buena paliza. Unas veces traía un vino ácido que le revolvía las tripas apenas lo probaba, otras era algo parecido a un brandy que le quemaba las entrañas al entrar y que, al vomitarlo, se las volvía a quemar al salir. Las palizas, sin embargo, siempre se las dio con aquel viejo cinturón de cuero negro, el mismo  que hoy  sujetaba su pantalón. Nunca tuvo más deseo ni ambición que la de ver reventar a su viejo. Cuando esto ocurrió, una Nochebuena cualquiera, imposible acordarse de en qué año, empezó a celebrarlo por su cuenta. Cuando despertó, en medio de su propio vómito y en un portal abandonado, le dolía tanto todo que tuvo que salir corriendo a comprarse una botella de algo fuerte que aliviara ese dolor. Ahora ya no sabe si sigue bebiendo para celebrar que su viejo reventó de una puñetera vez aquella Nochebuena o para que el dolor de estar sobrio desaparezca, aunque sea por unas horas. Al menos yo no tengo un chaval al que dejar esta puta herencia, se decía a diario mientras brindaba por ello con el peor de los vinos posibles.

             

lunes, 27 de marzo de 2017

Samarkanda.



                        Mañana. Siempre estaba el mañana. Todo lo podíamos dejar para mañana y seguir haciendo planes, absurdos a veces, planes que sabíamos que jamás realizaríamos pero que nos divertía hacer. Siempre para mañana. Y hoy, de golpe, me he quedado sin mañana, amor. Pero no debes entristecerte. En el fondo las cosas seguirán igual: amanecerá a diario, cuando llueva te seguirás mojando porque seguirás perdiendo los paraguas en los sitios más inverosímiles y seguirás olvidándote de cosas que parecen importantes pero que, cuando mañana es hoy, ya no lo son tanto. Seguirás tomándote el café casi frío y podrías alimentarte de sándwiches toda la vida. Hoy, cuando ya no existe en mi vida el adverbio "mañana", me doy cuenta de que jamás te he demostrado lo importante que eres en mi vida. Tal vez porque siempre dejé para mañana ese gesto amable, la caricia espontánea, el "te quiero" a cualquier hora o, simplemente, volver a salir a ver cómo se llena el campo de flores en primavera. Nunca pensé que llegaría tan pronto, pero ya veo las puertas de la Samarkanda del cuento de Farid al-Din Attär. De verdad, no te preocupes. Al fin y al cabo, amor, un desierto no deja de serlo porque le falte un grano de arena.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Naufragios.



                 Él tenía cincuenta años, ella acababa de cumplir los cuarenta. Ambos se enamoraron como adolescentes, con ese amor febril, hermoso y falso. Él necesitaba oír de otros labios que era el gran amante que creía ser, pero sobre todo, necesitaba volver a despertar en otra persona la admiración que su falsa modestia le impedía reconocer que ansiaba recibir. Ella solo buscaba sentirse mujer, deseada y viva, vibrar con el sexo, sentir que su piel volvía a erizarse con la más mínima caricia por leve que esta fuera, volver a ruborizarse con esa mirada profunda, de fuego, que encendía sus entrañas cuando clavaba sus pupilas en las de ella, esa mirada que él tan bien dominaba, o que le salía instintivamente, realmente jamás lo tuvo claro. Los dos eran dos barcos huyendo de una tormenta que se dirigían hacia un iceberg a toda máquina. Era inevitable el naufragio. A veces, en la playa de la memoria, el mar del recuerdo lleva algún tablón medio podrido, algún salvavidas desvaído, alguna libreta con versos de amor jamás entregada. Menos mal que el mar, al subir, a veces vuelve a llevarse lo que antes acercó a la orilla.

sábado, 18 de marzo de 2017

La tortilla de papas.


                          Ojalá fuera Navidad. Ojalá fuera Navidad y sonara el timbre de la puerta y, al abrirla, aparecieran mis hijas. Manolo batía los huevos de la tortilla de papas que iba a hacer. Siempre que estaba triste la hacía. Era el plato preferido de sus hijas. Una tortilla de papas grande, hecha con cariño y con su receta secreta que a todos enamoraba cuando la probaban. ¡Ojalá fuera Navidad, carajo! En la sartén se freían las papas en un aceite aromatizado previamente con ajos y unas puntas de guindillas, solo dos, lo justo para dar un poco de sabor sin que estropeara el plato con el picante. Él, mientras, cortaba el perejil de su propia cosecha muy finito, sin desechar los tallos. Solo los buenos cocineros saben que los tallos del perejil dan un dulzor especial. En la radio, entre entrevista y entrevista, un nuevo anuncio de colonia, ropa, relojes o almohadones lumbares  recordaba continuamente que mañana era el día del padre. ¡Mierda, ya me corté! La sangre se mezclaba con algunos trocitos de perejil. No era propio de él, pero llevaba unos días despistado, como ausente, con la cabeza en otra cosa. El dedo le latía debajo de la tirita. Tal vez sea lo único que me lata todavía, pensaba mientras daba vuelta a la tortilla. La tortilla, por fin, estaba hecha. Grande, redonda, hermosa, humeante, desprendiendo un aroma tan apetitoso que llenaba cada rincón de la casa. Una tortilla para cuatro y un solo servicio en la mesa. ¡Ojala que fuera Navidad! Volvió a pensar Manolo, mientras partía una porción pequeña de la tortilla y, con los ojos algo turbios, se la empezó a comer con el amargo sabor de los recuerdos tristes en la boca mientras miraba el teléfono sabiendo que en cualquier momento sonaría una llamada o un wassup de sus tres niñas con un mensaje de felicitación y que él tendría que disimularlo todo. Hasta el dolor del corte en la punta de su dedo. Ojalá que fuera Navidad...

viernes, 17 de marzo de 2017

Cuerpos y almas.



                     Todos pensaban que era una pose, puro postureo, por usar un término al uso. Quién, en su sano juicio, (pensaba), no estaría aterrorizada ante las tinieblas en las que lenta, pero inexorablemente, se iría sumergiendo su cerebro. Al principio trató de explicar a los amigos que las cosas tenían siempre al menos dos puntos de vista, pero eso solo hacía que la gente se reafirmara en su idea de que, en el fondo, todo era una estrategia para no caer en el miedo y en la depresión. Y un día se rindió. Cómo explicar que, aunque ella no los recordara o no pudiera encontrar en su mente las palabras para describirlos, esos amaneceres tan hermosos, rojos, celestes y dorados, seguirían allí, día tras día, para que otras personas siguieran sintiendo cómo se les encogía el corazón ante tanta belleza. Nadie entendería que puede que ella llegara a olvidarse hasta de su nombre, pero que jamás podría olvidarse de cuánto lo amaba, de que él siempre fue el sentido de su vida. ¿Qué podrían saber los médicos sobre los sentimientos? Ellos serían especialistas en el el cuerpo, pero solo ella conocía su corazón.

lunes, 13 de marzo de 2017

El café.



                      Hoy encontré tu carta en la carpeta de "asuntos pendientes", en medio de las facturas del teléfono, de la luz y del agua, junto a viejos recibos de compras y a decenas de ideas anotadas en cualquier papel y de cualquier manera, a veces tan apresuradamente que ni yo mismo era capaz de entender lo que quise recordar. Pero tu carta no. Tu carta estaba escrita con ese cuidado y esa pasión que ponías en todo lo que hacías, con esa letra tuya, pequeña, redonda y cuidada; letra de colegio de monjas. No recordaba nada de lo que allí me dijiste. Solo fui capaz de recordar la emoción que sentí cuando la leí por primera vez, el cariño mezclado con cierto temor que teñía tu mirada cuando me la diste y el nudo permanente que llevé todo ese día en la garganta. No sé qué coño pasó. Tampoco sé qué hacía la carta -tu carta- mi carta, en medio de facturas y notas inútiles. Hace años que no sé de ti. Me pediste respeto a tu decisión, me pediste espacio, tiempo para saber de ti misma quien eras y qué querías. Y yo te lo di. ¿Qué podría haber hecho? Un padre ha de saber cuándo dar un paso a un lado para no ser ese portero de discoteca que impide el paso a la madurez de sus propios hijos. Años, en los que mi último recuerdo de ti fue el almuerzo en el que me diste esta carta como regalo del día del padre, dos besos en la cara y una lágrima que trataste de aguantar en tus ojos cuando me dijiste adiós dejándome sentado en el restaurante, con un nudo en la garganta, tu carta en la mano y la mirada perdida en el el café, helado ya a esa altura del almuerzo, que parecía ennegrecerse más y más a cada segundo que pasaba.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Usurpadoras.



                  En algún momento me perdí. Dejé de ser yo para ser esa otra que ha usurpado mi vida. En algún momento, hace años, dejé de soñar y empecé a vivir cada día una pesadilla. Ese fue el día en que morí, cuando las decisiones las empezó a tomar esa otra ladrona de vidas con la que vengo cargando tanto tiempo, esa sombra extraña y que, poco a poco, día a día, ha ido cambiando hasta la cara, hasta que hoy, justo hoy, ya no he sido capaz de reconocer en esa imagen que me devolvía el espejo nada de mi yo; de aquel yo que algún día fui. Por eso quiero que usted, señor juez, al leer esta carta que encontrarán junto a mis cosas entienda mis razones y se las explique a quien me quiso con más delicadeza y menos emotividad de la que yo soy capaz hoy. Dígales que yo, mi yo actual, debía desaparecer para que así mi antiguo yo volviese a encontrase conmigo.

lunes, 6 de marzo de 2017

Musas nocturnas.



                 Las primeras veces acudió a los remedios caseros: nada de café después del mediodía, dejar de ver noticiarios, una ducha templada, un vaso de leche caliente antes de irse a la cama. Nada de eso funcionó. Después recurrió a los ansiolíticos e hipnóticos. Tomarlos era como perder el dominio de la mente y sus sueños se llenaban de viejos demonios y malos augurios. Ahora permanece en la cama despierto con los ojos cerrados, escuchando cada ruido de su casa y creando con ellos historias y cuentos. Siempre que le preguntan su secreto para tanta creatividad contesta lo mismo: vida sana y acostarse temprano. Lo de convivir con demonios del pasado que le impiden dormir se lo calla. Ningún mago desvela todos sus trucos.

viernes, 3 de marzo de 2017

El ángel caído.



                    Su padre le decía que reírse era de idiotas, que se fijara en Jesucristo si no lo creía a él. Le retaba continuamente a que encontrara un solo pasaje en la Biblia en el que se recogiera algún momento donde estuviera riendo. Ninguno, afirmaba con rotundidad, no encontraría ninguno. No, reírse era casi un acto de rebeldía ante Dios, como el que tuvo Satanás, el ángel caído. Quien sabe, seguía su razonamiento, si no cayó precisamente por eso, por reírse ante Dios como si fuera un payaso. Sin embargo en la Biblia sí que había muchos pasajes donde se le veía llorar, y esto era así porque el dolor y las lágrimas lavaban las culpas; las propias y las ajenas. Su padre solía recitar este discurso mientras se sacaba el cinto del pantalón; un cinto de cuero marrón, ancho y curtido, con una hebilla de color bronce, que le servía de herramienta eficaz para castigar cualquier travesura que hiciera o, simplemente, cuando consideraba que tenía que hacer de él un hombre respetable y serio para salvar así su alma. Cada día, mientras se pintaba la cara de blanco con una enorme sonrisa roja y se vestía con su traje de mil colores, recordaba ese discurso y la cara furibunda de su padre golpeándole mientras repetía y aseguraba que, algún día, cuando recordara estos momentos, se lo agradecería sin lugar a dudas. Cada cintazo fue para él una motivación más para decidirse a ser payaso y arrancar las risas de los niños apenas aparecía en la pista del circo fingiendo llorar a voz en grito. ¡Y que le dieran a su padre y a ese dios, triste y furibundo, en el que él decía creer mientras le azotaba sin piedad!