miércoles, 31 de enero de 2018

El cumpleaños. Parte V y última.



                    Cuando salieron a la calle el sol les cegó. Las puertas de las casas estaban cerradas y las calles desiertas, por lo que Manolito llegó a la conclusión de que sería la hora de la siesta. En su pueblo había dos cosas sagradas: la romería de la Virgen del Perdón y la siesta. Y nadie se saltaba ninguna de las dos. Ellos eran los únicos que caminaban por las calles; bueno, ellos y un perro negro y famélico, de los que los de la ciudad abandonan en las cercanías del pueblo y que seguramente  seguía el olor de los bocadillos de panceta. Su padre iba delante de él. Iba a buen paso, como si, de repente, le hubiera entrado toda la prisa que no parecía tener en la tasca. Sin decirse palabra se subieron al coche de su padre y se fueron alejando del pueblo. Manolito empezó a ponerse nervioso. Los bocadillos llenaban el coche de su olor a fritanga, y el calor y los baches de la carretera empezaron a darle náuseas. No se alejaron mucho del pueblo. Apenas llegaron a un descampado, su padre paró el coche y ambos se bajaron. Su padre abrió el portabultos y sacó una desvencijada silla de playa. Ellos nunca habían ido a la playa, pero ahí estaba él, enorme, borracho, y sentado en la silla a rayas. Soltó el amarre que mantenía la bota de vino sujeta al cinto y echó un trago largo. El vino se le escapaba por las comisuras de la boca y le caía en la camisa, pero eso a él no parecía importarle. Tráeme la bolsa de los bocadillos. Su voz sonó extraña. No sabría decir si era por la evidente borrachera o porque, esta vez, no había gritado. Cuando se la acercó, su padre cogió un bocadillo y le dio otro a él. Con la boca llena de comida le dijo que hoy era el día en el que se le iban a acabar las tonterías y mariconadas. Que sabía que no era culpa de él; al menos no del todo, que era su madre, que siempre quiso una niña, la que lo mimó consintiéndole todo, pero que él era su padre y no iba a permitir que ni él ni nadie lo avergonzara, así que, a partir de ahora, él se encargaría de su educación. ¡Come! El grito, por inesperado, le asustó como nunca antes. Empezó a comerse el bocadillo. Trataba de masticar y tragar, pero las arcadas se lo impedían. Masticaba con los ojos cerrados y las lágrimas corriéndole por la cara, por eso no vio venir el bofetón. 
                     No era la primera vez que le daba un tortazo. Pero, la verdad, siendo el día de su cumpleaños y habiendo insistido en pasarlo con él, no se lo esperaba. Tal vez por eso, por primera vez en su vida, el enfado le pudo al dolor y se levantó del suelo como si tuviera un resorte. Estaba cegado por las lágrimas, el polvo y  la ira y se lanzó sobre su padre. No sabía qué le dolió más, si el bofetón, las palabras humillantes o ver cómo se reía a mandíbula batiente, despatarrado en la silla de playa. Y así, con las piernas abiertas, el bocadillo en una mano y la silla enredada entre los dos, cayeron al suelo. Estaba claro que lo había pillado por sorpresa. Estaba claro que la sorpresa iba a durar un suspiro. Y en ese suspiro su padre se levantó y se lo sacudió como si fuera la hoja de un árbol. Por un instante ambos se miraron con los ojos inyectados en sangre. Manolito sabía que le esperaba una paliza de muerte, pero en ese mismo momento no le importaba nada. Su padre lo agarró por el cuello y lo lanzó sobre el coche. El coche era un trasto viejo que andaba más por inercia que por la fuerza de su motor. Tenía un faro tuerto, la chapa parcheada y reparcheada, las ventanillas no se abrían y las puertas apenas cerraban. Por eso, cuando Manolito cayó sobre el portabultos este se abrió. Aquello parecía una ferretería. Su padre guardaba allí todo lo que pudiera necesitar para hacer algún apaño. Antes, cuando no era un borracho impenitente, decían que era un buen maestro de albañilería. Ahora solo le encargaban chapuzas y poco más. Manolito pudo ver la llana, la paleta, un cubo de goma, una pala y unas cuantas herramientas más. Pero también vio, en el fondo del portabultos, la escopeta de caza de su padre. Hoy era jueves y estaba abierta la veda, así que probablemente la metió pensando en dar unos tiros por ahí y ver si así llevaba un par de conejos -o lo que pillara despistado- a casa. No pudo ver más. La mano enorme de su padre lo agarró por la nuca y empezó a zarandearlo mientras le gritaba. Manolito sintió mucho dolor. Un dolor tan grande que creyó que de esta se acababa y al final, su padre, le rompería el cuello. Pensó en que, al menos, ya no tendría que sufrir más desprecios y palizas de él, pero también pensó en su madre, en qué sería su vida sin él para ser su paño de lágrimas, como lo era ella de él. Y eso le dio fuerzas para darle una patada en las partes bajas de su padre. Por primera vez le escuchó un grito de dolor y no de cabreo. Manolito echó a correr. Su padre le gritaba que no fuera un cobarde, que se comportara como un hombre, aunque fuera tan afeminado como una nena, y poco a poco se empezó a levantar mientras seguía vociferando insultos, maldiciones y blasfemias. Al alzar la cabeza se quedó callado de golpe. En vez de ver la cara de Manolito desencajada por el miedo vio los dos ojos negros de los cañones de su escopeta. Miró la cara de su hijo. Fue lo último que vio. Cuando se disipó el humo del disparo, su padre seguía allí, pero su cabeza no. Manolito levantó la silla donde su padre estaba sentado y se sentó él. La escopeta la dejó en el suelo a su lado. No sentía nada. Ni miedo, ni ira, ni remordimientos, nada. De repente vio que el perro negro y famélico se acercaba con el rabo entre las piernas. Lo llamó y le dio el bocadillo de panceta. El perro lo devoró en un segundo y luego se sentó a su lado. Manolito empezó a acariciarle el lomo mientras miraba como caía la tarde. Fíjate, le dijo al perro, al final mi viejo tenía razón y este ha sido mi mejor cumpleaños.


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