sábado, 20 de enero de 2018

El cumpleaños, I parte.

                    

                      Su madre le había prometido hacerle la mayor fiesta de cumpleaños que nadie hubiera visto en su bloque, con tarta de chocolate, piñata, un payaso y muchos compañeros del cole como invitados. Durante noches soñó con ese día. Se veía rodeado por una inmensa montaña de regalos y siendo el niño más popular del edificio. ¡Tal vez hasta de la calle! La impaciencia lo mataba pero cuando se levantó el día en el que cumplía los diez años, en vez de escuchar el ajetreo de cacharros y platos en la cocina, oyó a su madre llorando en el dormitorio y la voz cascada y bronca de su padre gritándole que él era ya un hombrecito y que, por tanto, se habían acabado los pasteles, las piñatas, los payasos y las tonterías de la niñez. A partir de ahora él se haría cargo del muchacho y lo primero que iban a hacer es celebrarlo como el hombre que empezaba a ser. Su madre suplicaba pero su padre zanjó la discusión con el sonido de un bofetón. Él conocía perfectamente ese ruido porque era el que escuchaba cada vez que su padre volvía tarde y bebido, y algo no estaba como él quería: la cena, los cojines en el sofá, o la tele puesta en un canal que a él no le gustara. Daba igual. Cualquier cosa le servía de excusa, si es que la necesitaba, para hincharle la cara a su madre a bofetones. Y él los oía aunque se tapara la cabeza con su almohada. Era un sonido seco que jamás podría olvidar. Su madre entró lentamente en la habitación, con los ojos húmedos y la cara roja, tratando de aparentar que nada de lo que había pasado había ocurrido en realidad, y le dio dos besos como para despertarlo. Ella sabía que él estaba despierto; él sabía que ella lo sabía, pero los dos actuaban siguiendo un acuerdo tácito. Solo era la forma en la que ambos trataban de sobrevivir. Lo abrazó como si fuera a ser la última vez que se vieran. Él la abrazó aún más fuerte. Ninguno quería que el otro lo viera llorando.
(Contínúa).

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