domingo, 14 de enero de 2018

Juan con miedo.



                        Lo primero que perdió fue la esperanza. Y si ustedes se preguntan si se puede vivir sin esperanza les diré que sí, que se puede. Es una vida triste y oscura, pero se puede. Fue a los catorce años. Intentó declararse a una compañera de clase, pero cuando se acercó a ella vio el desprecio en sus ojos y siguió de largo. Ese día, cuando perdió la esperanza, acabó todo y empezó todo. Lo recuerda perfectamente. Hacía calor, era junio y el curso estaba prácticamente acabado. Lo que para otro solo hubiera sido una anécdota para contar entre risas y copas cuando fuera mayor, a él le marcó para siempre. Luego, como si de una de esas figuras hechas con piezas de dominó se tratara, que si cae la primera le siguen todas detrás, detrás de la esperanza cayó la ilusión y detrás de la ilusión todo lo demás. Diría que fue de fracaso en fracaso, pero es que para fracasar al menos hay que intentar algo, lo que sea. Y a él le pudo más el miedo que el propio fracaso. El miedo, esa emoción que te convierte en un héroe o en un ser abyecto, a él lo convirtió en la persona miserable que es hoy, tan llena de rencor y miedo, que es incapaz de sentir otra cosa. Por eso, cuando el negociador le pidió que pensara en la vida, en que solo tenía veinte años, en todo lo que se iba a perder si seguía con aquello, una sonrisa incontrolable se dibujó en su cara. La misma que tenía cuando, sin más avisos, apretó el botón que hizo volar todo a su alrededor.

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