viernes, 12 de enero de 2018

Ligero de equipaje.



                   Cuántas veces habría repetido la misma frase a quien le quisiera escuchar: si has de viajar, hazlo ligero de equipaje.  Pues ya era hora de que hiciera caso de su propio consejo, se repetía una y otra vez sentado en el banco del aeropuerto, con una bolsa de viaje  como todo equipaje sobre sus rodillas. Atrás lo dejó todo; todo lo que había sido imprescindible en su vida y que, poco a poco, sin apenas darse cuenta, se había convertido en una carga que le aplastaba y le impedía respirar. Era la hora de empezar de nuevo, se decía mientras intentaba adivinar qué demonios farfullaba aquella voz metálica que no paraba de anunciar cosas desde la megafonía del aeropuerto. Carlos, Carlitos para la familia, se había bajado de un avión hacía cinco horas; tal vez seis y estaba allí, sentado en aquel banco frío e incómodo, tratando de decidir qué iba a hacer con su nueva vida. En su vieja vida, la que había dejado atrás, había dejado su reloj; aquel Hublot falso del que presumía como si fuera una herencia de familia, un Hublot tan falso como lo era su vida, como habían sido sus sentimientos. Pero eso ya se había acabado, ¿no? Para eso estaba él allí, ligero de equipaje, para encontrar una vida de verdad.
                     Con su Hublot de pega había dejado atrás todo: familia, amigos, su matrimonio junto a Eli, con la que, más que un proyecto de vida, lo que últimamente compartía era casi una condena a muerte; sus dos coches, su empleo de broker, un trabajo bien pagado pero que le ahogaba cada día un poco más; Tarot, su perro; sus dos hijos, sus tres amantes, el reservado en el restaurante de moda y sus sesiones de talasoterapia para el estrés; las mismas sesiones que, en más de una ocasión, había usado para que Eli o sus amantes titulares no sospecharan que había una nueva aventura en el aire. Todo eso se había quedado en Madrid. Y aquí, donde demonios fuera, estaba él, aferrado a su bolsa de viaje con tanta fuerza como para hacerle blanquear los nudillos, rodeado de extraños que nunca sabrían lo importante que era él, Carlos -Carlitos para la familia- y que lo empezaban a mirar con la desconfianza lógica del que ve a un tipo en un aeropuerto, con la mirada perdida, agarrado a una bolsa de viaje como si fuera la única tabla en un océano furioso y sudando como si estuviera en una sauna. 
               Viajar ligero de equipaje, dejarlo todo atrás, empezar una nueva vida... ¡Vaya memez! Ahora, y solo ahora, que se encontraba asustado, en un país extraño, donde no sabía ni pedir un vaso de agua, había comprendido que, por muy ligero de equipaje que estuviera viajando jamás encontraría lo que había ido a buscar. Resulta, y ahora había caído en ello, que uno podía dejar todo atrás, incluso esa bolsa de viaje que de tanto aferrarla parecía ya parte de su anatomía, pero que jamás podría dejar lo que de verdad le impedía empezar esa nueva vida. Y es que, cincuenta años siendo Carlos -Carlitos para la familia- no se puede dejar atrás comprando un billete al fin del mundo. Y él necesitaría explicarles eso a los tres soldados armados hasta los dientes que, en ese idioma absurdo, le gritaban rodeándole mientras le apuntaban con sus fusiles. ¡Vaya mierda todo, Carlitos!, pensó mientras miraba como su camisa, empapada de sudor, se teñía ahora de un rojo extraño.

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